lunes, 6 de septiembre de 2010

Capitulo I. Taberno en 1937, Almería (España)




   DEDICATORIA
                      

Portada libro
Quiero dedicar mis memorias a las personas que me ayudaron en la desventura de mi vida, a mi padre que no tuve el gusto de conocer. A mi madre Isabel, a mis hermanos/as, Isabel, Rosa  María Dolores, y Domingo.
A mis hijos Isabel, Paquita, Juan José, Jorge, Alex, Raquel y Noel. A mis nietos. Y a tantas personas que bien auxiliándome o favoreciéndome, colaboraron para hacer mi existencia algo más fácil.
Pero este libro está dedicado principalmente a Francisca, mi esposa, que ha sido para mí mi fortaleza y apoyo desde que la conocí.

Gracias..........................

Introducción
 

Quise arrancarme del alma los años de mi sufrir, pero pesar de desearlo no lo pude conseguir.
Muchos años he silenciado las heridas producidas siendo niño, heridas que si bien han cicatrizado aún perduran en mi mente.
No es mi pretensión dar lecciones, y menos culpar a nadie por lo acontecido, lo dejo en manos del destino y que lo juzgue el lector.
No me gustaría morirme sin escribir mis memorias, no para lucrarme y menos hacerme famoso a mis años, sino para compartir y dejar constancia de una época negra de nuestra historia, en la que como en toda guerra sufren más los débiles, y en especial los niños como mi propio caso.
Este libro no ha borrado las cicatrices que cosen mi alma, sin embargo mi corazón late más descansado………..


Comentarios de Rosa Ribas , (escritora).

El libro Las cicatrices del alma de José Antonio Sánchez es un libro de memorias en las que el autor recoge sus vivencias desde la infancia hasta los tiempos actuales.
Se puede decir que las Cicatrices del alma está escrito con un lenguaje claro, directo y con un estilo sencillo, pero no se puede decir que sea una lectura fácil; y no lo es porque lo que José Antonio Sánchez nos cuenta son historias de una enorme dureza. Los diferentes episodios de su vida que el autor rememora son un testimonio de primera mano de la terrible situación por la que muchos españoles pasaron en los tiempos de la posguerra. No se puede leer sin más. No dejan indiferente.
Así, José Antonio Sánchez nos cuenta sobre su infancia marcada por la pérdida muy temprana de su padre, la tremenda crueldad del abuelo paterno que deja a su nuera y a sus nietos abandonados a su suerte, y el engaño cruel que deja a la familia sin medios en Valencia. En toda esta narración hay una palabra que acompañará obsesivamente al lector del mismo modo en que torturará al protagonista-niño: hambre. Sánchez nos habla de una infancia marcada por el hambre, de una familia hambrienta, de un niño hambriento que es él mismo, al que separan a la fuerza de su madre y hermanas e internan en una especie de colegio-reformatorio del que el autor dice “aquí empezó mi mayor sufrimiento. Nunca he logrado desterrarlo por completo de mi mente (p.35).
El tiempo en la escuela está marcado por el hambre, las enfermedades, la falta de higiene y el miedo a los castigos de los profesores, todo teñido por la hipócrita moral de la época. El único punto de luz es un profesor, don Valentín, que ofrece un trato humano a los niños internos. Una muestra de la dureza de este episodio lo encontramos en esta anécdota: “nunca he pasado en toda mi vida tanta gana de comer como la que llegué a pasar allí. Nos comíamos las cáscaras de cacahuetes, las cortezas de naranja y si podíamos coger una de plátano ¡eso era un extra! Era tan grande el hambre que pasábamos, que recuerdo que a un niño le pusieron el apodo de duende pues cuando todos los niños estábamos durmiendo, este se levantaba muy despacio procurando hacer el menor ruido posible para no despertarnos, nos cogía la ropa y, de la misma forma que un ratón nos roía los botones, que eran de madera. “(p.42).
Cuando por fin la familia consigue reunirse en parte y retornar A Almería, la situación no es mucho mejor y vemos como el protagonista, aún niño tiene que servir a varios “amos” para apoyar económicamente a su familia, de los que se escapa para poder estar cerca de su madre. En todos estos trabajos el hambre omnipresente y los malos tratos serán el dominador común, con un par de excepciones.
No voy a contar aquí todas las vivencias que José Antonio Sánchez recoge en su libro de memorias, para eso mejor leerlas en las palabras del autor. Los ejemplos anteriores son sólo una muestra una muestra de los duros inicios de este hombre que, a pesar de todos los golpes que va recibiendo, sigue siempre adelante, sea en la marina, donde entra a la edad de 15 años, (“La disciplina allí era muy rígida, pero ni punto de comparación con la que sufrí en el albergue de Valencia, y si en el albergue aguanté ¿por qué no iba aguantar allí?”P.129), trabajando en la mina o empezando una nueva vida en Barcelona, en Monzón o tras la pérdida de personas muy queridas.
José Antonio Sánchez no se presenta como un testigo, si no como el protagonista de un devenir terriblemente dramático y doloroso; no nos cuenta lo que vio, si no lo que vivió y este es uno de los grandes méritos de este libro de memorias.
El relato de José Antonio Sánchez no está elaborado de una manera literaria, si no que cuenta de forma casi oral, sus vivencias, sus buenos y malos recuerdos, sus experiencias a lo largo de los años. Cuando leemos el libro tenemos la impresión de escuchar la voz del autor que narra para nosotros en ese preciso momento. Cundo José Antonio cuenta, revive lo que cuenta: notamos que vuelve a sentir el desamparo de su infancia, las injusticias y los atropellos sufridos en varias etapas de su vida, escuchamos las palabras emocionadas con que manifiesta el profundo amor hacia su esposa que se muestra como un hilo constante en su vida desde el momento en el que ella hace su aparición.
José Antonio Sánchez termina la introducción de su libro diciendo “soy consciente de que más tarde o más temprano, como es ley de vida, tendré que marchar pero no quisiera irme sin dejar constancia de mi paso, “Los lectores tenemos que agradecerle que lo haya hecho. 
Rosa Ribas

Capítulo I Taberno en 1937, Almería (España)

Portada libro
Vi la luz por primera vez en el cortijo Los Herreros de Taberno, Almería (España).
En el año 1937 la vida en las zonas rurales de España era diferente de cómo es ahora.
El hambre llevaba a familias en situaciones desesperadas a cometer actos desesperados.
La educación no estaba como ahora, al alcance de todos, sino de los más favorecidos, y una gran mayoría, empezábamos a trabajar desde muy niños para no morir de hambre.
Hoy vemos por televisión como se vive en países del mal llamado tercer mundo, a niños trabajando antes de cumplir diez años, y a mujeres sometidas al dominio de sus esposos o padres, y nos parece una realidad lejana, cuando lo cierto es, que hace menos de 70 años era también nuestra realidad.
A mí me encanta los programas culturales que nos ofrecen en televisión, y procuro (siempre que es posible) no perderme ninguno. Por eso, cuando veo en alguno de ellos la forma de vivir de algunas tribus perdidas atrás en el tiempo, no puedo dejar de sonreír, ya que me hacen recordar que, aquí mismo en nuestro país, y muy poco tiempo atrás, yo he vivido y visto con mis propios ojos pasajes y costumbres que, si no son iguales, en algunos aspectos, sí que son parecidos.
El hecho que voy a describir lo he vivido en mi propia familia, y lo he visto en televisión en culturas atrás perdidas en el tiempo.
Cuando se originaba una tormenta y temiendo que dañara su cosecha mi abuela actuaba según sus creencias heredadas de sus ancestros.
El primer paso que seguía, era echar un puñado de sal en la calle junto con las trébedes, (objeto de hierro de tres patas que se pone encima del fuego para depositar el puchero de guisar), estas eran depositadas en el suelo procurando que las patas quedaran hacia arriba. El significado del proceder lo ignoraban al no preguntarse nunca el porqué de las cosas, solo sabían que habia que   hacerlo por ser una tradición heredada de padres a hijos.
Antes de que llegara la tormenta mi abuela se situaba en la calle para conjurar la nube como decía, este ritual tenía el objetivo de desviar la tormenta hacia otro lugar para salvar su cosecha.
El ritual consistía en permanecer de pie de cara hacia la tormenta al mismo tiempo que braceaba, y en voz alta rezaba unas oraciones que debido a la corta edad que tenia casi no me acuerdo.
Si con el ritual se desplazaba en la dirección deseada su conjuro había surtido efecto y daba gracias al creador rezando unas oraciones, de lo contrario, le quedaba el convencimiento que los rituales no le habían salido bien. 
El dolor de cabeza. 
Cuando se daba este caso existía la creencia que el enfermo había sufrido una insolación, para curarlo disponían de un método sencillo y gratuito, lo sentaban en una silla de cara al sol al mismo tiempo que presionaban sobre la frente un vaso con agua en forma de ventosa, cuando empezaba la evaporación del agua exclamaban satisfechos: empieza a expulsar el sol que entro en su cabeza.
No sé si el remedio era eficaz, pero lo cierto era que después de este proceso el afectado afirmaba no padecer el dolor. 
Otro caso a comentar. 
Cuando nacía un niño, en los cuarenta días primeros de su vida, había que quemarle el Aljorre (Dermatitis seborreica del lactante.)
Aquella costumbre la aplicaban las madres y consistía en introducirle por el ano un palito caliente de espliego. Me gustaría pensar que en nada favorecían al niño con esta práctica, todo lo contrario, le causaban un inútil sufrimiento. 
Más casos: el mal de ojo arraigado sobre todo en zonas rurales de España. 
Esta creencia aún perdura en nuestros días, pero en aquella comarca, creían tener el remedio mediante el rezo.
Los más propensos a sufrir este mal eran los niños, ya que según sus creencias existían personas que en contra de su voluntad lo ocasionaban. Si el niño tenía la desgracia de enfermar, los padres no dudaban en hacer un recuento de las personas que habían tenido la gentileza de hacerles una visita.
Obviamente, casi siempre encontraban algún culpable del mal de ojo, y procuraban librarse de la persona quedando fichado para el recto de la gente como transmisor del mal.
Una vez que le habían hecho mal al niño lo único que se podía hacer era buscar algún curandero que le rezara, que por suerte para los creyentes abundaban los que decían tener esta facultad. Ni siquiera hacía falta que vieran al niño, con algún cabello o, alguna prenda de ropa que llevaran era suficiente.
Lo curioso era que el don para curar el mal de ojo lo tenían solo las mujeres.
No solamente hacían “mal de ojo” a las personas, también lo hacían a los animales. Cuando paría alguna yegua al potrillo le hacían una cruz con la tijera en la grupa colocándole una cinta en forma de lazo en la cola. Si venía a verle alguien que hacía mal de ojo fijaría más su atención en la cruz y en el lazo que en el potrillo, salvándose este de sufrir el mal, pues la creencia era que el mal de ojo lo hacían con la mirada al alabar la hermosura del sujeto, algunas veces en contra de su voluntad.
Sin duda, que la ignorancia por falta de oportunidades para estudiar tenía mucho que ver en las costumbres y en el día a día.
Las labores estaban divididas en cosas de hombres y cosas de mujeres.
Desde el primer día que nacía una niña su suerte ya estaba echada: sería una esclava de por vida. Primero de los padres y después de su esposo, el cabeza de familia como lo definían.
En aquella época la norma era la esclavitud a la que se veían sometidas aquellas pobres mujeres por parte de su pareja, la discriminación ejercida hacia la mujer, que se llevaba a cabo por parte de aquellos que se apropiaban el don de mando en perjuicio de la mujer.
El dominio del cabeza de familia sobre su esposa e hijos, era absoluto, la mujer era sumisa ante el esposo y como persona tenia suprimida su libertad, además, se veía normal que agrediera a su esposa e hijos, aunque es verdad que no se puede generalizar.
Los hijos eran maltratados físicamente en un 40%, conozco en la actualidad a personas de mi generación que conservan en su espalda marcas de su progenitor ocasionadas por el cinturón.
Algunos de aquellos patriarcas como los suelo llamar no tenían los hijos por amor, sino para que le trabajaran sus tierras, y buena prueba era que solo deseaban varones, ya que cuando nacía una niña su malestar era evidente.  
Solían obligar a sus hijos a trabajos muy duros desde la más tierna infancia. 
Los niños que nacían en aquella época le ponían el nombre de los abuelos, como prevalecía el machismo, había que cumplir primero con los paternos, después con los maternos, y de continuar  los nacimientos con los padrinos.
Aquella norma siempre se llevaba  a cabo, de lo contrario, siempre lo tendrían en cuenta.
El trato de los nietos para dirigirse a los abuelos era de padre y madre.
También era normal que los abuelos agredieran a sus nietos con pasividad de sus padres.
Yo mismo procuraba ver a mi abuelo lo menos posible, pues por muy poco motivo no dudaba en sacar de su cintura aquella arma tan arraigada en aquel entorno y tan temida por los niños de la época, la famosa correa.
Mi abuelo gozaba de una posición económica holgada, ya que gracias a Dios no le faltaba para comer, pues su finca era grande y producía suficiente para vivir sin sacrificios, pero para  eximirse de responsabilidades dividió la finca en cinco partes y las cedió en herencia a sus cinco hijos, entre ellos mi padre.
La escritura fue redactada, que de la cosecha que se recolectara, se quedaría con la tercera parte, no pudiendo los herederos bajo ningún concepto vender la herencia, en caso de necesidad para su sustento, tendría atribuciones para recoger la herencia y venderla si lo creía conveniente.
Aquellas zonas rurales quedaban muy lejos de los pueblos y sin medios de comunicación, abasteciéndose cada familia de lo que lograban cosechar en su finca, tampoco hacía mucha falta que se desplazaran, pues gran parte de lo que necesitaban lo fabricaban artesanalmente, para la ropa se empleaba lana de oveja y para el calzado esparto abundante en la comarca.
Las manualidades como siempre y para no perder costumbre corrían a cargo de las sacrificadas mujeres.
Cuando tenían que desplazarse para comprar en los mercados de aquellos pueblos lo que no producía en su finca, lo hacían en caballerías, por caminos tan quebrados y estrechos que apenas podia handar el animal. Además, estos pueblos quedaban a mucha distancia, dependiendo del pueblo que se desplazaran el tiempo necesario de ida y vuelta podía ser de entre cinco y ocho horas, esto para la gente humilde se agravaba mucho más si no disponían de burra que era lo más asequible, sino disponía de este animal, tendrían que hacer el recorrido con lo que la madre naturaleza nos ha dotado, “nuestras piernas” y pedir de favor algún vecino que le llevara en su mula la carga que había comprado.
No puedo dejar de comentar la represión hacia los jóvenes que nacimos en aquellos años. Con las ideas heredadas   de generación en generación lo tenían difícil para festejar, pues las casas las construían en medio de la finca y quedaban muy separadas de los vecinos. No obstante, los jóvenes para relacionarse se las ingeniaban organizando algún baile en algún cortijo; estos bailes eran folclore, ya que debía de ser suelto, (separados) pues estaba mal visto que los novios tuvieran algún roce. Las mozas iban acompañadas a los bailes por sus padres o hermanos, no teniendo los novios la oportunidad de quedarse solos, y la madre de la novia era la responsable de que no llegara a suceder; por lo tanto en su mayoría llegaban al matrimonio sin poder darse un beso



Presentación en Monzon de mi libro Cicatrices del alma


Capitulo II. Mi nacimiento y la muerte de mi padre. 1937



Mi nacimiento tuvo lugar en plena guerra civil española en el municipio de Taberno, (Almería) año 1937, y ocupé el cuarto lugar de tres hermanas, Isabel, Ma Dolores y Rosa. Estas son mis hermanas, las que quiero y adoro con todo mi corazón, ellas fueron las que me cuidaron en mi más tierna infancia renunciando a mi favor a lo más elemental para su subsistencia.
Mi madre fue una mujer excepcional, gracias su fortaleza impidió que sus hijos murieran de hambre. No le importó exponer su vida por sus hijos.
A pesar de haberlo dado todo sin esperar nada a cambio se vio privada del derecho que toda madre debe de tener: el disfrute de sus hijos.
Conservo recuerdos aunque un poco borrosos del cortijo en que nací, Los Herreros, pero por más que me esfuerzo no logro abrir el archivo que debe de haber en mi mente para recordar a mi padre. Sin duda su muerte acaeció siendo muy niño.
En aquellos años de incertidumbre de nuestra posguerra mi padre labraba la tierra en una finca arrendada para sobrevivir.
Un fatídico día se pinchó el pie con una hoz, y después de perder el tiempo con curas caseras mi madre decidió llevarlo a un hospital en Almería.
Allí permaneció ingresado algún tiempo intentando salvarle la vida, pero la gangrena era imparable por el  avanzado estado de la lesión...
El accidente de mi padre conllevó que quedáramos los cuatro niños en desamparo por acompañarle mi madre durante su enfermedad.
Nuestra situación fue a peor. Mi hermana Isabel con tan solo diez años se vio en la necesidad de responsabilizarse de sus hermanos más pequeños.
La caridad de los vecinos, cuatro cabras y unas cuantas gallinas, fueron los únicos recursos disponible para subsistir.
La leche y los huevos nos ayudaron en parte  a no perecer de hambre.
Ante la grave situación y a sabiendas que la enfermedad de mi padre se alargaba, los vecinos aconsejaron a mi abuelo que nos acogiera en su casa por desamparo, gracias a sus consejos mi abuelo acepto, pero condicionó su ayuda a la colaboración en partes iguales con mi abuela materna. Llegados a un mutuo acuerdo, mis hermanas Ma Dolores y Rosa fueron a vivir con la abuela materna a Santopetar, mientras que yo me quede con mi hermana Isabel en el Bancalejo viviendo con mi abuelo paterno.
Obviamente, que mis hermanas, Ma Dolores y Rosa, fueron favorecidas, ya que mi abuela materna quería a sus nietos con locura.
Peor suerte tuvo mi hermana Isabel. Mi abuelo paterno además que era tacaño era una persona de los de ordeno y mando y mi abuela tenía la libertad muy limitada.
En lo que respecta a mí, tuve la suerte de no pasarlo tan mal, pues gracias a la astucia de mi abuela, y siempre actuando  sin saber nada mi abuelo me hacia unas tortitas de harina para evitar que pasara hambre, en aquel momento tenía  tres años.
El llegaba a controlar hasta el pan.
A la hora de cenar como estaba satisfecho de tortas no tenia gana de comer, por lo que reprimía a mi abuela que me tenía arto de pan, esta salía del apuro haciéndole ver que el pan estaba como lo dejo él, “sin tocar”. Una vez que lo revisaba se daba por satisfecho creyendo que le originaba poco gasto.
A pesar de tener solo diez años mi hermana, la obligada a trabajar muy duro para ganar los escasos alimentos que consumía. 
Mi madre llegó a empeñarse tratando por todos los medios de salvar a mi padre, pues en aquella época los que tenían la desgracia de enfermar tenían que pagar todos los gastos de médicos y medicinas, ya que no existía como en la actualidad protección sanitaria.
Al carecer de recursos para pagar las facturas originadas por el accidente de mi padre, mi madre se vio en la necesidad de vender la tierra que heredó de sus padres por negarse mi abuelo a vender la parte que le correspondió en herencia a mi padre y ser usufructuario de dicha tierra.
Aparte de nuestro drama, lo que más me duele y me dolerá mientras viva fue, que estando mi padre tan grave mi abuelo advirtiera a mi madre, que tuviera cuidado con los gastos que originaba de médicos si no disponía de dinero para pagar, pero aún me duele más que no se dignara en visitar a su hijo en el último momento de su vida. La mala fortuna le acompañó hasta en la agonía, pues murió en la más completa soledad sin nadie de la familia, ya que mi madre en estado avanzado de gestación regreso al Taberno para alumbrar a mi hermano Domingo.
En aquellos años de incertidumbre de la guerra civil de España, la pérdida de mi padre fue para mi madre e hijos una tragedia, sola y sin ayuda de nadie tuvo que alimentar a cinco niños pequeños, en un país donde cada cual defendía su supervivencia aunque tuviera que emplear la fuerza física. No existía la compasión ni la caridad para nadie, ni siquiera para la desesperación de una madre que pide un trozo de pan para sus hijos hambrientos.
Mi madre nunca se rindió en su lucha por sacarnos adelante, aunque para para conseguirlo tuviera que enfrentarse a tiros de escopeta.
Ella fue siempre una mujer fuerte, e incluso en aquellos años de discriminación de las mujeres respecto a los hombres se supo imponer demostrando fortaleza, y exigiendo en las fincas rurales que realizaba las labores del campo su equiparación al salario masculino al desarrollar el mismo trabajo.



Mi partida de nacimiento, 1937