lunes, 6 de septiembre de 2010

Capitulo I. Taberno en 1937, Almería (España)



Taberno es un pequeño pueblo de la provincia de Almería.
En el año 37 la vida en las zonas rurales de España era diferente de cómo es ahora.
El hambre llevaba a familias en situaciones desesperadas a cometer actos desesperados.
La educación no estaba como ahora, al alcance de todos, sino de los más favorecidos, y una gran mayoría, empezábamos a trabajar desde muy niños para no morir de hambre.
Hoy vemos por la televisión como se vive en los países del tercer mundo, a niños trabajando antes de cumplir diez años, y a mujeres sometidas al dominio de sus maridos o padres, y nos parece una realidad muy lejana, cuando lo cierto es, que hace apenas 70 años también era nuestra realidad.
A mí me encantan los programas culturales que nos ofrecen en televisión, y procuro (siempre que es posible) no perderme ninguno. Por eso, cuando veo en alguno de ellos la forma de vivir de algunas tribus perdidas atrás en el tiempo, no puedo dejar de sonreír, ya que me hace recordar que, aquí mismo en nuestro país, y muy poco tiempo atrás, yo he vivido y visto con mis propios ojos pasajes y costumbres que, si bien no son iguales, en algunos aspectos, sí que son parecidos.
El hecho que voy a describir, lo he viví do en mi propia familia, y lo he visto en televisión, en culturas atrás perdidas en el tiempo.
Cuando se originaba una tormenta, y temiendo que dañara su cosecha, mi abuela actuaba según sus creencias heredadas de sus ancestros.
El primer paso que seguía, era echar un puñado de sal en la calle junto con las trébedes, (objeto de hierro de tres patas que se pone encima del fuego para depositar el puchero y guisar), estas eran depositadas en el suelo, procurando que las patas quedaran hacia arriba. El significado de este proceder lo ignoraba, ya que nunca se preguntaban por qué ocurren las cosas, sabían que había que hacerlo, porque siempre se hizo y, era una tradición heredada de padres a hijos.
Antes de que llegara la tormenta, mi abuela se situaba en medio de la calle a "conjurar la nube", como decía. Este ritual, tenía el objetivo de desviar la tormenta hacia otro lugar para salvar su cosecha.
El ritual de conjuro consistía, en permanecer de pie de cara hacia la tormenta, al mismo tiempo que braceaba, y con voz muy alta rezaba unas oraciones, que debido a mi corta edad casi no recuerdo.
Si con el ritual, se desplazaba en la dirección deseada, su conjuro había surtido efecto, y daba gracias al creador rezando unas oraciones. De lo contrario, le quedaba el convencimiento, que los rituales no le habían salido bien.
El dolor de cabeza.
Cuando se daba este caso, creían que el enfermo había sufrido una insolación, para curarlo disponían de un método sencillo y sin costo alguno, lo sentaban en una silla mirando al sol, y presionaban sobre la frente un vaso con agua en forma de ventosa, y cuando empezaba a evaporarse el agua, exclamaban satisfechos: empieza a expulsar el sol que se metió en su cabeza.
No sé, hasta qué punto este remedio era eficaz, pero lo cierto era que después de este proceso, el afectado afirmaba no padecer el dolor.
Otro caso que me gustaría comentar.
Cuando nacía un niño, en los cuarenta días primeros de su vida, había que quemarle el Aljorre (Dermatitis seborreica del lactante.) 
Esta costumbre la aplicaban las madres y, consistía en introducirle por el ano un palito de espliego caliente. Me gustaría pensar que en nada favorecían al niño con esta práctica, todo lo contrario, le causaban un inútil sufrimiento.
Más casos: “mal de ojo” tan arraigado sobre todo en zonas rurales de nuestro país.
Como muchos sabemos, esta creencia aún perdura en nuestros días, pero en aquella comarca, creían tener remedio mediante el rezo.
Los más propensos a sufrir este mal eran los niños, ya que según sus creencias, existían personas que en contra de su voluntad lo solían ocasionar. Si el niño tenía la desgracia de caer enfermo, la familia no dudaba, en estudiar las personas que le habían hecho una visita.
Obviamente, casi siempre encontraban algún culpable del mal de ojo, y procuraban librarse de la persona quedando fichado para el recto de la gente como transmisor del mal.
Una vez que le habían hecho mal al niño, lo único que se podía hacer, era buscar algún curandero para que le rezara, que por fortuna, para los creyentes, abundaban los que decían tener esta facultad. Ni siquiera hacía falta que vieran al niño, con algún cabello o, alguna prenda de ropa que llevaran era suficiente.
Lo curioso de esta creencia, era que la facultad para curar el mal de ojo, sólo la tenían las mujeres.
No solamente hacían “mal de ojo” a las personas, también lo hacían a los animales. Cuando paría alguna yegua al potrillo le hacían una cruz con la tijera en la grupa, colocándole una cinta en forma de lazo en la cola. Así, que si venía a verle alguien que hacía “mal de ojo” fijaría más su atención en la cruz y en el lazo que en el potrillo, salvándose este de sufrir el mal, pues la creencia era que el mal de ojo lo hacían con la mirada, al alabar la hermosura del sujeto, y algunas veces contra su voluntad.
Sin duda, que la ignorancia tenía que ver en las costumbres y el día a día.
 Las labores estaban divididas en “cosas de hombres” y “cosas de mujeres”.
Desde que nacía una niña, su suerte estaba echada: sería una esclava de por vida. Primero de los padres, y después del esposo, el cabeza de familia como se suele decir.
En aquel entonces la norma era la esclavitud a que se veían sometidas aquellas pobres mujeres por parte de su pareja, la discriminación ejercida hacia la mujer, que se llevaba a cabo por todos aquellos jerarcas egoístas y sin escrúpulos.
El dominio del cabeza de familia sobre su mujer e hijos, era absoluto, la mujer era sumisa ante el esposo, y como persona tenia suprimida su libertad, además, se veía normal que pudiera pegar a su esposa e hijos, aunque también es verdad, que no se puede generalizar.
Los hijos eran maltratados físicamente, y psicológicamente en un 40%, yo mismo conozco en la actualidad a personas de mi generación que aún conservan en sus espaldas las marcas de su progenitor, ocasionadas por el cinturón.
Algunos de aquellos patriarcas, como los suelo llamar, tenían los hijos, no por amor, sino por el egoísmo de que le trabajaran sus tierras, y prueba de ello, es que solamente deseaban varones, pues si nacía una niña su malestar era evidente. Estos obligaban a sus hijos a trabajos muy duros desde la más tierna infancia. 
Los niños que nacían en aquella época le ponían el nombre de los abuelos, como prevalecía el machismo, había que cumplir en primer lugar con los paternos, y después con los maternos. Si continuaba los nacimientos, había que hacerlo con los padrinos. Esta norma casi siempre se llevaba  a cabo, pues de lo contrario, lo tendrían en cuenta.
El trato que daban los nietos cuando se dirigían a sus abuelos era de padre y madre.
También era normal que los abuelos pegaran a sus nietos, con pasividad de sus padres.
Yo mismo procuraba ver a mi abuelo lo menos posible, pues por el mínimo motivo, éste no dudaba en sacar de su cintura esa arma tan arraigada en aquel entorno y tan temida por los niños de la época, la famosa correa.
Mi abuelo gozaba de una posición económica holgada, ya que gracias a Dios no le faltaba para comer, pues su finca era grande y producía lo suficiente para vivir sin sacrificios, pero para no trabajar y, eximirse de responsabilidades, dividió la finca en cinco partes iguales y las cedió en herencia a sus cinco hijos, de entre ellos mi padre.
Las condiciones de escritura fueron, que de la cosecha que se recolectara, se quedaría con la tercera parte, no pudiendo los herederos bajo ningún concepto vender la herencia, y en caso de necesidad para su sustento, tendría las atribuciones para recoger la herencia, y venderla si así lo creía conveniente.
Estas zonas rurales quedaban muy lejos de los pueblos, y sin medios de comunicación, abasteciéndose cada familia de lo que lograban cosechar en su finca, tampoco les hacía mucha falta desplazarse, pues parte de lo que necesitaban, lo fabricaban artesanalmente,  para la ropa empleaban la lana de sus ovejas, y para el calzado, el esparto abundante en la comarca.
Todas estas manualidades como siempre y para no perder la costumbre corrían a cargo de las sacrificadas mujeres.
Cuando había que desplazarse, para comprar en los mercados de aquellos pueblos lo que no se producía en la finca, se hacía en caballerías, por caminos tan quebrados y estrechos que apenas cogía el pobre animal. Además, estos pueblos quedaban a mucha distancia y, el tiempo necesario de ida y vuelta según al pueblo que se desplazaran, podía ser de entre cinco y ocho horas, esto para la gente humilde se agravaba mucho más si no disponían de una burra, que era lo más asequible, sino disponía de este animal, tendrían que hacer el recorrido con lo que la madre naturaleza nos ha dotado, “nuestras piernas” y pedir de favor algún vecino que le llevara en su mula la carga que había comprado.
No debo dejar de comentar la represión hacia los jóvenes que tuvimos la desgracia de nacer en aquellos años. Con las ideas heredadas en aquellas gentes de generación en generación, lo tenían difícil para festejar, pues aquellas casas solían construirlas en medio de la finca, quedando muy separados los vecinos. No obstante, los jóvenes para poder relacionarse, solían organizar algún baile en alguna casa; estos bailes eran de folclore ya que el baile debía de ser suelto, (separados) pues estaba muy mal visto que los novios tuvieran roce. Las mozas iban acompañadas al baile por su madre, no teniendo los novios nunca la oportunidad de quedarse solos, pues la madre de la novia, se encargaba de que esto no llegara a suceder; por lo tanto en su mayoría llegaban al matrimonio sin darse ni un beso. Cuando lo pienso, maldigo la época que por desgracia me toco vivir
¿Cómo podría haber tanta represión y vivir con unas ideas tan absurdas? Mi verdad, es que si hubiera podido elegir mi nacimiento, no hubiera elegido aquel tiempo.




Capitulo II. Mi nacimiento y la muerte de mi padre. 1937



En el año 1937 y en plena guerra civil, vi la luz por primera vez en un pequeño pueblo de Almería (España), ocupe el cuarto lugar de tres hermanas, Isabel, M. Dolores y Rosa.
Estas son mis hermanas, las que quiero y adoro con todo mi corazón, ellas fueron mis protectoras, y renunciaron en mi favor, a lo más elemental para su subsistencia.
Mi madre fue una mujer excepcional. Gracias a su sacrificio y fortaleza impidió que en aquellos años de hambre murieran sus hijos. No le importó exponer su propia vida por nosotros.
A pesar de haberlo dado todo sin esperar nada a cambio, se vio privada del derecho que toda madre debe tener: el disfrute de sus hijos.
Conservo recuerdos (aunque un poco borrosos) de la casa en que nací, pero por más que me esfuerzo, no logro abrir ese archivo que debe de haber en mi mente para recordar a mi padre. Sin duda su muerte aconteció siendo demasiado niño.
En aquellos tiempos difíciles, mi padre labró la tierra en una finca arrendada, para poder sobrevivir.
Un fatídico día se pinchó el pie con una hoz, y después de perder el tiempo con curas caseras, mi madre decidió llevarlo al hospital de Almería.
Permaneció ingresado algún tiempo intentando salvarle la vida, pero debido al avanzado estado de su lesión la gangrena era imparable...
El accidente de mi padre, conllevó a que los cuatro hermanos quedarnos solos en el más completo desamparo, por tener que acompañarle mi madre durante su enfermedad.
Nuestra situación iría de mal en peor. Mi hermana Isabel con 12 años, se vio obligada a responsabilizarse de sus hermanos.
La caridad de los vecinos, más cuatro cabras y gallinas, era lo que disponíamos para subsistir. La leche y los huevos nos ayudaban en parte  a no perecer de hambre.
Ante la grave situación, y viendo que la enfermedad de mi padre se alargaba, aconsejaron a mi abuelo los vecinos, a que se hiciera cargo de sus nietos, por encontrarnos en desamparo e ignorados  por la familia.
Gracias a los vecinos, mi abuelo decidió  ayudarnos, pero con la condición de que colaborara mi abuela materna.
Llegado a este acuerdo, mis hermanas M. Dolores y Rosa fueron con mi abuela materna, mientras que yo y mi hermana Isabel, (más las cabras, gallinas y conejos) fuimos con mi abuelo paterno.
Obviamente, que mis hermanas, M. Dolores y Rosa, salieron ganando, pues mi abuela materna era como mi madre, quería a sus nietos con locura.
La peor suerte fue para mi hermana Isabel y para mí. Mi abuelo paterno además de tacaño era una persona de los de ordeno y mando teniendo mi abuela su libertad limitada.
No obstante, gracias a mi abuela y actuando a escondidas del abuelo, yo tuve la suerte de no pasarlo tan mal, pues esta me hacia unas tortas de harina. De esta manera, conseguía  que no pasara tanta hambre, y que no se enterara el abuelo, al no poder controlar  la harina y el aceite.
Él llegaba a controlar hasta el consumo del pan. Cuando era la hora de cenar y estar lleno con las tortas me negaba a comer, ante mi negativa, no dudaba en reprimir  a mi abuela que me había dado pan. Pero mi abuela inteligentemente salía del apuro haciéndole entender, que el pan estaba como lo había dejado, “sin tocar”. Una vez que lo revisaba y veía que estaba como lo dejo, se daba por satisfecho. El engaño surtía efecto al creer que le originaba poco gasto, pues por encima de todo, era lo que pretendía.
Mi hermana Isabel llevaría la peor parte, pues fue obligada a trabajar en su más tierna infancia para ganarse los escasos alimentos que le daban. 
Mi madre, por su parte, llegó a empeñarse tratando por todos los medios de salvar a mi padre, en aquel tiempo el que tenía la desgracia de caer enfermo, se tenía  que pagar todos los gastos de médicos y medicinas, al no existir protección sanitaria en plena guerra civil.
Al carecer de recursos para pagar las facturas originadas por el accidente de mi padre, tuvo que malvender la herencia que recibió de sus padres, por negarse mi abuelo a vender la parte que heredó mi padre, pero que según lo escriturado, le seguía perteneciendo.
Aparte de nuestro drama lo que más me duele y me dolerá mientras viva, que estando tan grave mi padre, mi abuelo advirtiera, a mi madre que tuviera cuidado con los gastos de médicos y de farmacia que estaba originando, que ella sabría como los iba a pagar. Y aún me duele más, no dignase ver a su hijo en el último momento de su vida.
La mala suerte le acompañó hasta en su agonía, pues murió en la más completa soledad, sin una mano amiga que cerrara sus ojos en el último suspiro, coincidió que mi madre, en un avanzado estado de gestación, lo dejo solo en el hospital para dar a luz a mi hermano Domingo.
En aquellos años de caos e incertidumbre de la posguerra, la pérdida de mi padre fue para mi madre, y en menor medida para sus hijos, ya que todavía éramos muy pequeños, una de las mayores tragedias. Sola y sin ayuda de nadie, tendría que alimentar a cinco niños pequeños, donde cada cual defendía su supervivencia, aunque para ello tuviera que emplear la escopeta. No existía la compasión ni la caridad para nadie, ni siquiera para el llanto y la desesperación de una madre que pide un trozo de pan para sus hijos hambrientos.
Pero mi madre nunca se rindió. Lucho hasta el final dispuesta a todo. Nos sacaría adelante aunque tuviera que hacer frente a esos tiros de escopeta.
Ella siempre fue una mujer fuerte, e incluso en aquellos años de poca valoración y discriminación de la mujer respecto al hombre, supo imponerse demostrando en todo momento su fortaleza y su valor, exigiendo en aquellas fincas rurales que realizaba las labores del campo su equiparación al salario masculino, ya que el trabajo que desarrollaba no era menor al del hombre.


Mi partida de nacimiento, 1937

Capitulo III. El regreso de mi madre y la muerte de mi padre. 1940




Aunque solo tenía tres años recuerdo un día que almorzábamos en la casa del abuelo, que interrumpió nuestro almuerzo la visita de una mujer vestida de negro.
Tiempo después sabría que era mi madre, pero en aquel momento, que se dirigió a mí con la intención de darme un beso, huí de ella para refugiarme en las faldas de mi abuela, pues la separación entre ambos, dio lugar a que creyera, que mi madre era mi abuela.
Al poco de regresar mi madre nació mi hermano Domingo, y poco después, recibimos el fatídico telegrama notificando el fallecimiento de mi padre. Su enterramiento tuvo lugar en una fosa común, (¡Sabe Dios dónde!), pues nunca tuvimos la oportunidad de llevarle un ramo de flores.
A pesar del drama, nuestras lágrimas no quedaron estériles, y sirvieron para reforzar nuestra esperanza, y no hundirnos en la desesperación. Aprendimos que las penas pasan, y que siempre hay un nuevo día para que el sol vuelva a brillar, pero a pesar de todo, hay momentos, que sentimos que todo va mal, que nuestras vidas se hunden en un abismo tan profundo, que no vemos ni un pequeño resquicio para salir adelante.
En este momento de desesperación, lo mejor que podemos hacer, es tomar nuestro coraje, nuestros sentimientos, nuestra fortaleza, y cejar en nuestra lucha para salir adelante, pues bien vale la pena volver a sonreír.
Ante la negativa de mi abuelo, a vender un trozo de su tierra para pagar las deudas contraídas, mi madre malvendió una parte de su herencia, quedándose en la más completa ruina, sin recursos económicos para dar de comer a sus hijos, y con el agravante, de tener que dejar la tierra que en vida de mi padre tenía arrendada.
Nuestro último recurso para sobrevivir, fue irnos a vivir a la casa heredada del abuelo, y sembrar algunos cereales en la tierra que nos tocó en herencia, más algunos jornales que hacia mi madre en otras fincas.
Mis dos hermanas mayores, tuvieron que trabajar para los vecinos, solo por la comida.
Mi hermanito y yo, de momento nos libremos, pues a nuestra corta edad era imposible trabajar. No obstante, más adelante, también tuve que pastorear rebaños de ovejas, pues en aquel tiempo de carencias alimentarias, mi madre, se vio impotente para alimentar a sus cinco hijos.
Mi abuelo nos volvió a demostrar su tacañería, oponiéndose  a que nos lleváramos las cuatro cabras que de tantos apuros nos sacaron y, que legalmente eran nuestras. En este caso mi madre, mantuvo su firmeza ante la pretensión del abuelo, no permitiendo que se quedara con las cabras.
Ante la postura de mi madre, éste cedió de su pretensión.
La situación económica se agravó mucho más, llegando a un límite insostenible para nosotros y, en mayor medida para mi madre, que padecía el sufrimiento psicológico, de una madre que les piden pan sus hijos y no se lo puede dar.
Me quedan algunos recuerdos, de cuando mi madre trabajaba en aquellas fincas, cuando a la hora de comer, aprovechaba cualquier descuido de sus patrones, para guardar algún trozo de pan ocultándolo bajo la ropa de trabajo, pues sabía, que cuando regresara a casa, encontraría a sus hijos hambrientos, esperando que le trajera algún mendrugo de pan para saciar su voraz apetito.
Un día que mi madre se encontraba desesperada, por no tener nada para dar de comer a sus hijos, cuando llego la noche salió de la casa sin un rumbo determinado, y nos dejo a los  cinco durmiendo. Al pasar por un colmenar, y armándose de valor, le dio una patada a una colmena, para llevar  a casa algunos panales de miel, y desde luego, con algunas abejas enganchadas, que le asestaron algún que otro aguijonazo. Su suerte fue, que las abejas estaban adormecidas por el frío, por ser la estación de invierno.
Otro día de desesperación, y temiendo que pudiéramos morir de hambre, esperó que llegara noche para salir en busca de alimentos, al pasar por una casa de campo entro en un corral, y cogiendo un cordero lo asfixió para evitar el mínimo ruido. Se lo llevó a casa y lo despedazó para ir dando a  sus hijos un poco cada día. Como estos casos podría ir contando muchos y creo que no acabaría.
Fue pasando el tiempo hasta que cumplí los seis años de edad y llegó la ocasión de empezar a pastorear rebaños de ovejas. Ésta fue mi primera vez y, por desgracia, no sería la única.
Mi madre contra su voluntad tuvo que buscarme trabajo. Mi salario, trabajo por la comida ¡Pero qué comida! No quiero acordarme del sufrimiento, cuando corría detrás de las ovejas, medio descalzo por falta de recursos e impotente para realizar un trabajo inadecuado a mí edad.
No me acuerdo el tiempo que estuve trabajando para aquel amo, pero daba igual, porque de irme, mi madre, me buscaría otro trabajo para no morir de hambre. (En aquella comarca, para referirse el asalariado al patrón le llamaba, Mi amo)
Mis hermanas continuaron trabajando en lo que buenamente podían a su corta edad, aunque algunas veces estaban más en casa que trabajando, pues obviamente todos deseábamos estar con mi madre y, esperábamos una ocasión propicia para dejar, el puesto de trabajo.
Con mucho esfuerzo por parte de mi madre, mejoró un poco nuestro bienestar, pero esta mejoría no duró mucho, las cosas cambiarían y no para bien, he iba a suponer el principio del mayor sufrimiento para mi madre, mis hermanos y, en mayor medida para mí, pues era demasiado niño, para afrontar las desgracias que se nos venían encima. 


Rambla de Taberno (Almeria)