lunes, 6 de septiembre de 2010

Capitulo I. Taberno en 1937, Almería (España)

Las cicatrices del Alma
Taberno es un pueblo pequeño de la provincia de Almería.
En el año 1937 la vida en las zonas rurales de España era diferente de cómo es ahora.
El hambre llevaba a familias en situaciones desesperadas a cometer actos iguales de desesperados.
La educación no estaba, como ahora, al alcance de todos, sino de los más favorecidos, y una gran mayoría, empezábamos a trabajar desde niños para no morir de hambre.
Hoy vemos por la televisión como se vive en los países del tercer mundo, a niños trabajando antes de cumplir 10 años, y a mujeres sometidas al dominio de sus maridos o padres, y nos parece una realidad muy lejana, cuando lo cierto es, que hace apenas 70 años también era nuestra realidad.
A mí me encantan los programas culturales que nos ofrecen en televisión, y procuro (siempre que es posible) no perderme ninguno. Por eso, cuando veo en alguno de ellos la forma de vivir de algunas tribus perdidas atrás en el tiempo, no puedo dejar de sonreír, ya que me hace recordar que, aquí mismo en nuestro país, y muy poco tiempo atrás, yo he vivido y visto con mis propios ojos pasajes y costumbres que, si bien no son iguales, en algunos aspectos, sí que son parecidos.
El hecho que voy a describir, además, de vivirlo en mi propia familia, lo he visto en televisión, en algunas culturas llamadas del tercer mundo.
Cuando se originaba una tormenta, y temiendo que dañara su cosecha, mi abuela no dudaba en actuar según sus creencias heredadas de sus ancestros.
El primer paso que seguía, era echar un puñado de sal en la calle junto con las trébedes, (objeto de hierro de tres patas que se pone encima del fuego para depositar el puchero y guisar), estas eran depositadas en el suelo, procurando que las patas quedaran hacia arriba. El significado de este proceder lo ignoraban, porque nunca se preguntaban el porqué de las cosas, sabían que había que hacerlo, porque siempre se había hecho y, era una tradición heredada de padres a hijos.
Antes de que llegara la tormenta, mi abuela se situaba en medio de la calle a "conjurar la nube", como decía. Este ritual, tenía el objetivo de desviar la tormenta hacia otro lugar para salvar su cosecha.
El ritual de conjuro consistía, en permanecer de pie de cara hacia la tormenta, al mismo tiempo que braceaba, y con voz muy alta rezaba unas oraciones, que debido a mi corta edad casi no recuerdo.
Si con el ritual de mi abuela, se desplazaba en la dirección deseada, su conjuro había surtido efecto, y daba gracias a Dios rezando unas oraciones. De lo contrario, le quedaba el convencimiento, que los rituales no le habían salido bien.
El remedio para el dolor de cabeza, cuando se daba este caso, creían que el enfermo había cogido una insolación, para curarlo, se disponía de un método sencillo y sin costo alguno. Al afectado lo sentaban en una silla mirando hacia el sol, y presionaban sobre la frente, un vaso con agua en forma de ventosa, cuando empezaba a evaporarse el agua, exclamaban satisfechos: empieza a expulsar el sol que se le metió en la cabeza. No sé, hasta qué punto este remedio era eficaz, pero lo cierto es, que después este proceso, el afectado afirmaba no padecer el dolor.
Otro caso que me gustaría comentar. Cuando nacía un niño, en los cuarenta días primeros de vida, había que quemarle el Aljorre (Dermatitis seborreica del lactante.)
Esta costumbre la solían aplicar las madres y, consistía en introducir al niño un palito de espliego caliente por el ano. Me gustaría pensar, que en nada favorecían al niño con esta práctica, todo lo contrario, le causaban un sufrimiento inútil.
Más casos: el “mal de ojo” tan arraigado sobre todo en las zonas rurales de nuestro país.
Como todos sabemos, esta creencia aún perdura en nuestros días, pero en aquella comarca, creían tener el remedio mediante el rezo.
Los más propensos a sufrir este mal eran los niños, ya que según sus creencias, existían personas que en contra de su voluntad, tenían la desgracia de ocasionarlo. Si por cualquier circunstancia el niño tenía la desgracia de caer enfermo, la familia no dudaba, en hacer un estudio de las personas que habían tenido la gentileza de hacerles una visita.
Generalmente, no tardaban en encontrar un culpable de la desgracia, para en lo sucesivo, poner los medios a su alcance para librarse de esta persona, quedando fichado para el recto de la gente como transmisor del mal.
Una vez que le habían hecho mal de ojo al niño, lo único que se podía hacer, era buscar un curandero para rezarle, que por fortuna para los creyentes abundaban los que decían tener esta facultad. Ni siquiera hacía falta que vieran al niño, con algún cabello o prenda de ropa que llevaran al curandero era suficiente para rezarle.
Lo curioso de esta creencia, era que la facultad para curar el mal de ojo, sólo la tenían las mujeres.
No solamente hacían “mal de ojo” a las personas, también lo hacían a los animales. Cuando paría alguna yegua al potrillo le hacían una cruz con la tijera en la grupa, colocándole una cinta en forma de lazo en la cola. Así, que si venía a verle alguien que hacía “mal de ojo” fijaría más su atención en la cruz y en el lazo que en el potrillo, salvándose este de sufrir el mal, pues la creencia era que el “mal de ojo” lo hacían con la mirada, al alabar la hermosura del sujeto, y muchas veces en contra de su voluntad.
Sin duda, que la ignorancia tenía que ver en las costumbres y el día a día.
Las labores estaban divididas en “cosas de hombres” y “cosas de mujeres”.
Desde que nacía una niña, su suerte estaba echada: sería una esclava durante su vida. Primero de los padres, y después del marido, el cabeza de familia como se suele decir.
En aquel entonces la norma era la esclavitud a que se veían sometidas aquellas pobres mujeres por parte de su pareja, la discriminación ejercida hacia la mujer, que se llevaba a cabo por todos aquellos jerarcas egoístas y sin escrúpulos.
El dominio del cabeza de familia sobre su mujer e hijos, era absoluto, la mujer era sumisa ante el esposo, y como persona tenia suprimida su libertad, además, era normal que pudiera pegar a su esposa e hijos, aunque también es verdad, que no se puede generalizar.
Los hijos eran maltratados físicamente, y psicológicamente en un 40%, yo mismo conozco en la actualidad a personas de mi generación que aún conservan en sus espaldas las marcas de su progenitor, ocasionadas por el cinturón.
Algunos de aquellos patriarcas, como los suelo llamar, tenían los hijos, no por amor a ellos, sino por el egoísmo de que le trabajaran sus tierras, y prueba de ello, es que solamente deseaban varones, pues cuando nacía una niña su malestar era evidente. Estos obligaban a sus hijos a trabajos muy duros desde la más tierna infancia.
Los niños que nacían en aquella época le ponían el nombre de los abuelos, como prevalecía el machismo, había que cumplir en primer lugar con los paternos, y segundariamente con los maternos. Si continuaba los nacimientos, había que hacerlo con los padrinos. Esta norma siempre se llevaba a cabo, pues de lo contrario, siempre lo tendrían en cuenta.
El trato que daban los nietos cuando se dirigían a sus abuelos era de padre y madre.
También era normal que los abuelos pegaran a sus nietos, con pasividad de sus padres.
Yo mismo procuraba ver a mi abuelo lo menos posible, pues por el mínimo motivo, éste no dudaba en sacar de su cintura esa arma tan arraigada en aquel entorno y tan temida por los niños de la época, la famosa correa.
Mi abuelo gozaba de una posición económica holgada, ya que gracias a Dios no le faltaba para comer, pues su finca era grande y producía lo suficiente para vivir sin sacrificios, pero para no trabajar y, eximirse de responsabilidades, dividió la finca en cinco partes iguales y las cedió en herencia a sus cinco hijos, de entre ellos mi padre.
Las condiciones de escritura fueron, que de la cosecha que se recolectara, se quedaría con la tercera parte, no pudiendo los herederos bajo ningún concepto vender la herencia, y en caso de necesidad para su sustento, tendría las atribuciones para recoger la herencia y, en último extremo venderla si así lo creía conveniente.
Aquellas zonas rurales quedaban muy lejos de los pueblos, aisladas y sin medios de comunicación, abasteciéndose cada familia de lo que lograban cosechar en su finca, tampoco les hacía mucha falta desplazarse, parte de lo que necesitaban, lo fabricaban artesanalmente, para la ropa empleaban la lana de sus ovejas, y para el calzado el esparto abundante en aquella comarca.
Todas estas manualidades como siempre y para no perder la costumbre corrían a cargo de las mujeres.
Cuando había que desplazarse, para comprar en los mercados de aquellos pueblos lo que no se producía en la finca, se hacía en caballerías, por caminos tan quebrados y estrechos que apenas cogía el animal. Además, estos pueblos quedaban a mucha distancia y el tiempo necesario de ida y vuelta según al pueblo que se desplazaran , podía ser de entre cinco y ocho horas, esto para la gente humilde se agravaba mucho más si no disponían de una burra, que era lo más asequible, sino disponía de este animal, tendrían que hacer el recorrido con lo que la madre naturaleza nos ha dotado, “nuestras piernas” y pedir de favor algún vecino que les llevara la carga en sus animales, de lo que habían comprado.
No debo dejar de comentar la represión hacia los jóvenes que tuvimos la desgracia de nacer en aquellos años. Con las ideas heredadas en aquellas gentes de generación en generación, lo tenían muy difícil para festejar, pues aquellas casas solían construirlas en medio de la finca, quedando muy separados los vecinos. No obstante, los jóvenes para poder relacionarse, solían organizar algún baile en alguna casa; estos bailes se componían siempre de folclore ya que el baile debía de ser suelto, (separados) pues estaba muy mal visto que los jóvenes o novios pudieran tener el menor roce con su pareja. Las mozas siempre iban acompañadas al baile por su madre, no teniendo los novios nunca la oportunidad de quedarse solos, pues la madre de la novia, se encargaba de que esto no llegara a suceder; por lo tanto en su mayoría llegaban al matrimonio sin darse ni un beso. Cuando lo pienso, maldigo la época en que por desgracia me toco vivir. ¿Cómo podría haber tanta represión y vivir con unas ideas tan absurdas? En verdad digo, que si hubiera podido elegir mi nacimiento, no cabe duda que no hubiera elegido ese tiempo.
Presentación de mi libro en Monzón

Capitulo II. Mi nacimiento y la muerte de mi padre. 1937

En el año 1937 y en plena guerra civil, vi la luz por primera vez en un pequeño pueblo de Almería (España), ocupe el cuarto lugar de tres hermanas, Isabel, M. Dolores y Rosa.
Estas son mis hermanas, las que quiero y adoro con todo mi corazón, ellas fueron mis protectoras, y renunciaron en mi favor, a lo más elemental para su subsistencia.
Mi madre fue una mujer excepcional. Gracias a su sacrificio y fortaleza impidió que en aquellos años de hambre murieran sus hijos. No le importó exponer su propia vida por nosotros.
A pesar de haberlo dado todo sin esperar nada a cambio, se vio privada del derecho que toda madre debe tener: el disfrute de sus hijos.
Conservo recuerdos (aunque un poco borrosos) de la casa en que nací, pero por más que me esfuerzo, no logro abrir ese archivo que debe de haber en mi mente para recordar a mi padre. Sin duda su muerte aconteció siendo demasiado niño.
En aquellos tiempos difíciles, mi padre labró la tierra en una finca arrendada, para poder sobrevivir.
Un fatídico día se pinchó el pie con una hoz, y después de perder el tiempo con curas caseras, mi madre decidió llevarlo al hospital de Almería.
Permaneció ingresado algún tiempo intentando salvarle la vida, pero debido al avanzado estado de su lesión la gangrena era imparable...
El accidente de mi padre, conllevó a que los cuatro hermanos quedarnos solos en el más completo desamparo, por tener que acompañarle mi madre durante su enfermedad.
Nuestra situación iría de mal en peor. Mi hermana Isabel con 12 años, se vio obligada a responsabilizarse de sus hermanos.
La caridad de los vecinos, más cuatro cabras y gallinas, era lo que disponíamos para subsistir. La leche y los huevos nos ayudaban en parte a no perecer de hambre.
Ante la grave situación, y viendo que la enfermedad de mi padre se alargaba, aconsejaron a mi abuelo los vecinos, a que se hiciera cargo de sus nietos, por encontrarnos en desamparo e ignorados por la familia.
Gracias a los vecinos, mi abuelo decidió ayudarnos, pero condicionó la ayuda de que tambien
colaborara mi abuela materna. Llegado a este acuerdo, mis hermanas M. Dolores y Rosa fueron con mi abuela materna, mientras que yo y mi hermana Isabel, (más las cabras, gallinas y conejos) fuimos con mi abuelo paterno.
Obviamente, que mis hermanas, M. Dolores y Rosa, salieron ganando, pues mi abuela materna era como mi madre, quería a sus nietos con locura.
La peor suerte fue para mi hermana Isabel y para mí. Mi abuelo paterno además de tacaño era una persona de los de ordeno y mando teniendo mi abuela su libertad limitada.
No obstante, gracias a mi abuela y actuando a escondidas del abuelo, yo tuve la suerte de no pasarlo tan mal, pues esta me hacia unas tortas de harina. De esta manera, conseguía que no pasara tanta hambre, y que no se enterara el abuelo, al no poder controlar la harina y el aceite.
Él llegaba a controlar hasta el consumo del pan. Cuando era la hora de cenar y estar lleno con las tortas me negaba a comer, ante mi negativa, no dudaba en reprimir a mi abuela que me había dado pan. Pero mi abuela inteligentemente salía del apuro haciéndole ver, que el pan estaba como lo había dejado, “sin tocar”. Una vez que lo revisaba y veía que estaba como lo dejo, se daba por satisfecho. El engaño surtía efecto al creer que le hacía poco gasto, pues por encima de todo, eso era lo que pretendía.
Mi hermana Isabel llevaría la peor parte, pues fue obligada a trabajar en su más tierna infancia para ganarse los escasos alimentos que le daban.
Mi madre, por su parte, llegó a empeñarse tratando por todos los medios de salvar a mi padre, en aquel tiempo el que tenía la desgracia de caer enfermo, se tenía que pagar los gastos de médicos y medicinas, al no existir protección sanitaria en plena guerra civil.
Al carecer de recursos para pagar las facturas originadas por el accidente de mi padre, tuvo que malvender la herencia que recibió de sus padres, por negarse mi abuelo a vender la parte que heredó mi padre, pero que según lo escriturado, le seguía perteneciendo.
Aparte de nuestro drama lo que más me duele y me dolerá mientras viva, que estando tan grave mi padre, mi abuelo advirtiera, a mi madre que tuviera cuidado con los gastos de médicos y de farmacia que estaba originando, que ella sabría como los iba a pagar. Y aún me duele más, no dignase ver a su hijo en el último momento de su vida.
La mala suerte le acompañó hasta en su agonía, pues murió en la más completa soledad, sin una mano amiga que cerrara sus ojos en el último suspiro, coincidió que mi madre, en un avanzado estado de gestación, lo dejo solo en el hospital para dar a luz a mi hermano Domingo.
En aquellos años de caos e incertidumbre de la posguerra, la pérdida de mi padre fue para mi madre, y en menor medida para sus hijos, ya que todavía éramos muy pequeños, una de las mayores tragedias. Sola y sin ayuda de nadie, tendría que alimentar a cinco niños pequeños, donde cada cual defendía su supervivencia, aunque para ello tuviera que emplear la escopeta. No existía la compasión ni la caridad para nadie, ni siquiera para el llanto y la desesperación de una madre que pide un trozo de pan para sus hijos hambrientos.
Pero mi madre nunca se rindió. Lucho hasta el final dispuesta a todo. Nos sacaría adelante aunque tuviera que hacer frente a esos tiros de escopeta.
Ella siempre fue una mujer fuerte, e incluso en aquellos años de poca valoración y discriminación de la mujer respecto al hombre, supo imponerse demostrando en todo momento su fortaleza y su valor, exigiendo en aquellas fincas rurales que realizaba las labores del campo su equiparación al salario masculino, ya que el trabajo que desarrollaba no era menor al del hombre.
Mi partida de nacimiento, 1937

Rambla del Saliente zona rural (Almería)

Capitulo III. El regreso de mi madre y la muerte de mi padre. 1940

Recuerdo un día que almorzábamos en la casa del abuelo, que interrumpió nuestro almuerzo la visita de una mujer vestida de negro.
Tiempo después sabría que era mi madre, pero en aquel momento, que se dirigió a mí con la intención de darme un beso, huí de ella para refugiarme en las faldas de mi abuela, pues la separación entre ambos, dio lugar a que creyera, que mi madre era mi abuela.
Al poco de regresar mi madre nació mi hermano Domingo, y poco después, recibimos el fatídico telegrama notificando el fallecimiento de mi padre. Su enterramiento tuvo lugar en una fosa común, (¡Sabe Dios dónde!), pues nunca tuvimos la oportunidad de llevarle un ramo de flores.
A pesar de nuestro drama, nuestras lágrimas no quedaron estériles, y sirvieron para reforzar nuestra esperanza, y no hundirnos en la desesperación. Aprendimos que las penas pasan, y que siempre hay un nuevo día para que el sol vuelva a brillar, pero a pesar de todo, hay momentos, que sentimos que todo va mal, que nuestras vidas se hunden en un abismo tan profundo, que no vemos ni un pequeño resquicio para salir adelante.
En este momento de desesperación, lo mejor que podemos hacer, es tomar nuestro coraje, nuestros sentimientos, nuestra fortaleza, y luchar para salir adelante, pues bien vale la pena volver a sonreír.
Ante la negativa de mi abuelo, a vender un trozo de su tierra para pagar las deudas contraídas, mi madre malvendió una parte de su herencia, quedándose en la más completa ruina, sin recursos económicos para dar de comer a sus hijos, y con el agravante, de tener que dejar la tierra que en vida de mi padre tenía arrendada.
Nuestro último recurso para sobrevivir, fue irnos a vivir a la casa heredada del abuelo, y sembrar algunos cereales en la tierra que nos tocó en herencia, más algunos jornales que hacia mi madre en otras fincas.
Mis dos hermanas mayores, tuvieron que trabajar para los vecinos, solo por la comida.
Mi hermanito y yo, de momento nos libremos, pues a nuestra corta edad era imposible trabajar. No obstante, más adelante, también tuve que pastorear rebaños de ovejas, pues en aquel tiempo de carencias alimentarias, mi madre, se vio impotente para alimentar a sus cinco hijos.
Mi abuelo nos volvió a demostrar su tacañería, oponiéndose a que nos lleváramos las cuatro cabras que de tantos apuros nos sacaron y, que legalmente eran nuestras. En este caso mi madre, mantuvo su firmeza ante la pretensión del abuelo, no permitiendo que se quedara con las cabras. Ante la postura de mi madre, éste cedió de su pretensión.
La situación económica se agravó mucho más, llegando a un límite insostenible para nosotros y, en mayor medida para mi madre, que padecía el sufrimiento psicológico, de una madre que les piden pan sus hijos y no se lo puede dar.
Me quedan algunos recuerdos, de cuando mi madre trabajaba en aquellas fincas, cuando a la hora de comer, aprovechaba cualquier descuido de sus patrones, para guardar algún trozo de pan ocultándolo bajo la ropa de trabajo, pues sabía, que cuando regresara a casa, encontraría a sus hijos hambrientos, esperando que le trajera algún mendrugo de pan para saciar su voraz apetito.
Un día que mi madre se encontraba desesperada, por no tener nada para dar de comer a sus hijos, cuando llego la noche salió de la casa sin un rumbo determinado, y nos dejo a los cinco durmiendo. Al pasar por un colmenar, y armándose de valor, le dio una patada a una colmena, para llevar a casa algunos panales de miel, y desde luego, con algunas abejas enganchadas, que le asestaron algún que otro aguijonazo. Su suerte fue, que las abejas estaban adormecidas por el frío, por ser la estación de invierno.
Otro día de desesperación, y temiendo que pudiéramos morir de hambre, esperó que llegara noche para salir en busca de alimentos, al pasar por una casa de campo entro en un corral, y cogiendo un cordero lo asfixió para evitar el mínimo ruido. Se lo llevó a casa y lo despedazó para ir dando a sus hijos un poco cada día. Como estos casos podría ir contando muchos y creo que no acabaría.
Fue pasando el tiempo hasta que cumplí los seis años de edad y llegó la ocasión de empezar a pastorear rebaños de ovejas. Ésta fue mi primera vez y, por desgracia, no sería la única.
Mi madre contra su voluntad tuvo que buscarme trabajo. Mi salario, trabajo por la comida ¡Pero qué comida! No quiero acordarme del sufrimiento, cuando corría detrás de las ovejas, medio descalzo por falta de recursos e impotente para realizar un trabajo inadecuado a mí edad.
No me acuerdo el tiempo que estuve trabajando para aquel amo, pero daba igual, porque de irme, mi madre, me buscaría otro trabajo para no morir de hambre. (En aquella comarca, para referirse el asalariado al patrón le llamaba, Mi amo)
Mis hermanas continuaron trabajando en lo que buenamente podían a su corta edad, aunque algunas veces estaban más en casa que trabajando, pues obviamente todos deseábamos estar con mi madre y, en la mínima ocasión, abandonábamos el trabajo.
Con mucho esfuerzo por parte de mi madre, mejoró un poco nuestro bienestar, pero esta mejoría no duró mucho, las cosas cambiarían y no para bien, he iba a suponer el principio del mayor sufrimiento para mi madre, mis hermanos y, en mayor medida para mí, pues era demasiado niño, para afrontar las desgracias que se nos venían encima.

Capitulo IV. Nuestro traslado a Valencia. 1945

El motivo de este cambio tan negativo y tan drástico para nosotros, lo causó un malvado sin corazón y sin escrúpulos, que supo convencer a mi madre para vivir con ella en pareja.
Este mal nacido, se aprovechó de la ignorancia de mi madre, para que vendiera lo conseguido con el esfuerzo de su trabajo, pues según el estafador no nos iba a hacer falta, nos iríamos a vivir los siete a Valencia. Allí disponía de casa y de recursos para vivir sin necesidades.
Mi madre creyó ver una puerta abierta, a su grave situación con la promesa de este sinvergüenza y no dudó en hacerle caso, de nada sirvieron los consejos de familiares y vecinos, vendió los animales con enseres (mesas, sillas... etc.) y demás utensilios que no se podía llevar.
La tierra y casa no se podía vender mientras viviera mi abuelo, y menos mal que no se vendió, porque lo habríamos perdido todo.
Nos preparamos para el viaje. Mi abuela materna pidió a mi madre que dejara a mi hermano Domingo con ella, por considerar que era demasiado pequeño para realizar aquel largo viaje, al mismo tiempo, le haría compañía para que no se sintiera tan sola.
Sinceramente creo que se hizo lo correcto, ya que a su corta edad no habría sobrevivido a las desgracias que se venían encima.
Mi tío Mariano, hermano de mi padre, se ofreció para ayudar a llevar los equipajes, estos fueron cargados en burras hasta Huercal-Overa, ciudad más cercana con ferrocarril. Allí subimos al tren que nos condujo hasta Valencia.
Recuerdo que mi hermana Isabel fue llorando casi todo el viaje, creo que por intuición se daba cuenta de la situación (por ser la mayor de los hermanos), pues en aquel momento tenía unos quince años. Según pienso, presentía el drama que se avecinaba.
Al despedirse de nosotros mi tío Mariano, tuvo la gentileza de regalar a mi hermana diez pesetas, que en esa época tenían cierto valor. Mi madre temiendo que las fuera a perder, mando que se las diera a este mal nacido para que se las guardara. En contra de la voluntad de mi hermana, y con resistencia por su parte, mi madre insistió en su decisión de darle aquel dinero al villano. Éste no dudó en cogerlo e incluirlo con el dinero de lo que se malvendió.
Ya en Valencia, descargamos el equipaje y nos situamos en la sala de espera de la Estación del Norte. El estafador le dijo a mi madre que esperásemos mientras iba al lavabo a asearse. No lo volvimos a ver jamás.
No sé cómo expresar aquel momento de desesperación de mi madre, en un mundo completamente desconocido para ella, sin dinero, y con cuatro hijos pequeños a su cargo.
Valencia fue como un mundo desconocido para nosotros, si tenemos en cuenta que no habíamos salido nunca del campo. El cielo se nos vino abajo, estuvimos quince días durmiendo en el suelo de sala de espera, alimentándonos de los pocos alimentos que mi madre se trajo del pueblo, y de la caridad de algunos militares de tránsito que estaban esperando el tren. Éstos eran conscientes de nuestra desesperada situación, pues cuando sacaban sus bocadillos para comer, y veían nuestras ansias hacia los alimentos que consumían, algunos fueron generosos, y no dudaron en compartir sus alimentos.
A, una de mis hermanas se le rompieron los zapatos, como no podíamos comprarle unos por falta de dinero, permanecía casi todo el día sentada en uno de aquellos bancos de la sala de espera, pues se negaba a andar sin calzado. Viendo a mi hermana en esta situación tan penosa no me lo pensé mucho y, a mi corta edad, unos “seis años y medio”, llené un botijo con agua y me dedique a vendérsela a los pasajeros del tren gritando “¡Agua!, ¡Agua!”.
Algunos pasajeros me daban diez céntimos, otros cinco, y algunos bebían, pero no me daban nada. Con el dinero que logré pudimos solucionar este problema y le compramos calzado.
Un día que vendía agua, casi me atropella el tren. Tengo que dar las gracias a un señor que me dio un empujón y me saco fuera de la vía, evitando una muerte segura. Recuerdo que me pegó unos azotes y reprimió mi descuido.
No me enfadé por su proceder, pues a pesar de mi corta edad comprendí que aquel hombre acababa de salvarme la vida, aún hoy le recuerdo agradecido.
Nuestra situación se hizo insostenible, llegando al extremo de no tener para alimentarnos, al haber consumido casi todos los alimentos que mi madre se había traído del pueblo, además de la mala imagen causada en la sala de espera, pues nuestras ropas estaban sucias y andrajosas, al llevar más de quince días sin cambiarnos ni asearnos, con la particularidad de que el jefe de estación insistía constantemente en que fuéramos a otro sitio.
Pero ¿dónde podía ir una mujer con cuatro niños pequeños en un mundo hostil y desconocido para ella? La verdad que no me canso de repetir lo que llegaría a sufrir mi pobre madre. Si esta situación se diera en la actualidad, no habría causado el mayor problema, por estar estos casos más controlados, o bien las autoridades, o asociaciones prontas, tratan en la mejor medida posible de solucionar estos problemas, pues ante todo ahora existe la protección del menor, pero en aquel tiempo y en nuestra posguerra todo era caótico y no existía protección alguna para el menor, y mucho menos para las personas adultas.

Capitulo V. Ingresados en un centro para niños difíciles


DESNUTRIDOS, SUCIOS Y ANDRAJOSOS, DEAMBULÁBAMOS POR LAS CALLES DE VALENCIA SIN RUMBO DETERMINADO, HASTA QUE NOS DETUBO LA POLICIA EN UNA EDAD COMPRENDIDA ENTRE 15, 12, 10, 8, AÑOS DE EDAD .
 




 Nos dijeron que nos llevarían a un colegio, que en el colegio estariamos bien cuidados ¡Qué mentira más piadosa¡ Nos ordenaron que les siguiéramos para duchárnos antes de ingresar al colegio prometido, y nos llevaron a unas duchas municipales.
Al llegar a las duchas se me acercó un hombre, y cogiéndome de un brazo, intentó por la fuerza separarme de mi madre y de mis hermanas para conducirme a las duchas de niños. Llorando, y con mucha resistencia por mi parte me opuse con firmeza, e intenté no seguirle el juego. Toda mi lucha sería en vano, ya que la fuerza bruta de este hombre ganó la partida, y me condujo a la ducha.
Allí quedaría traumatizado, pues este mal nacido, además de cumplir con su cometido, que era ducharme, me sometió a tocamientos deshonestos en mis genitales No hace falta decir lo que sufrir a mi corta edad, sin comprender por qué aquel hombre me hacia todo aquello.
En un descuido por su parte, pude escapar y salir corriendo sin un rumbo fijo por uno de aquellos pasillos, llegando por casualidad a las duchas destinadas a las mujeres. El cuadro que vi no fue muy agradable, al no estar acostumbrado a ver lo que estaba viendo, pues casi todas las mujeres estaban desnudas, incluida mi madre, así que al entrar por la puerta frené en seco. Ellas gritaban al mismo tiempo que se tapaban con las manos sus “partes íntimas”.
- ¡Ese niño! ¿qué hace ese niño aquí?
Al verme llorar mi madre, trato de consolar mi llanto, pero una mujer (que supongo que sería la encargada de las duchas de las mujeres) evito que pudiera hacerlo, entregándome de nuevo al pederasta. Afortunadamente esta vez no tuve nada que temer por parte de aquel sinvergüenza.
A partir de aquí perdí el contacto con mi madre y, durante un largo periodo de tiempo no volví a verla.
Una vez duchados vinieron otra vez los dos señores que nos habían acompañado a las duchas, y nos mandaron seguirles de nuevo, para ingresarnos en el supuesto colegio.
Llegamos al mal llamado colegio, porque de colegio no tenía nada. Simplemente era un reformatorio donde ingresaban a niños delincuentes, si se puede llamar delincuente robar para subsistir. El motivo de nuestro ingreso fue muy diferente, pues mi madre en su desesperación, se vio en la necesidad de firmar nuestro ingreso para evitar que muriéramos de hambre. Una vez ingresados y para todos los efectos, nos tratarían a todos como pequeños delincuentes.
El reformatorio lo rodeaba una gran muralla, y en el interior también coexistía un orfanato para los niños huérfanos que habían perdido a sus padres en la guerra, más una pequeña iglesia en el centro para asistir a misa los domingos y días festivos. En la puerta principal figuraba un letrero que decía “Junta Provincial de Protección de Menores. Campanar Valencia”.
Mas tarde sabría, que mientras los niños del orfanato eran atendidos por monjas de la caridad de Santa Ana, a los del reformatorio, los atendían celadores carceleros de niños sin preparación alguna, y aparte de alguna excepción, trataban a los niños con crueldad.

Uno de aquellos señores tocó el timbre, e inmediatamente salieron para recibirnos una monja y un hombre. Nuestros acompañantes le entregaron unos papeles y, después de que se hicieron cargo de nosotros se despidieron.
Aquí empezó mi mayor sufrimiento. Nunca he logrado desterrarlo por completo de mi mente.

Aquel hombre se dirigió a mí y me dijo:
- Tú vente conmigo - haciendo la monja lo propio con mis hermanas.

Un recuerdo que perdura en mi subconsciente y que nunca logre desterrar fue aquella separación salvaje de lo que más quería después de mi madre, ¡mis hermanas!.
Opuse resistencia y me negué a separarme de ellas, y lloré desconsoladamente, pero todo mi esfuerzo fue vano, aquel hombre me cogió de un brazo y me condujo al reformatorio.
Entramos a un patio que mediría unos doscientos metros y vi aproximadamente cincuenta o, sesenta niños que jugaban alborotando con sus gritos aquel recinto. Todos eran mayores que yo.
Al fondo del patio vi a un hombre sentado en una silla, que leía un periódico. El hombre que me acompañaba me dejo solo un momento, para entregarle unos papeles. Empezaron a hablar al mismo tiempo que miraban hacia mí, supongo que de mi ingreso.
De repente algunos de los niños me acorralaron y, dándome empujones empezaron a burlarse de mí y de mi llanto.
Afortunadamente para mí, aquel señor del periódico se dio cuenta de mi situación y vino en mi auxilio, sacándome del apuro. Después de reprimir aquellos niños trató de consolar mi llanto sin conseguirlo.
Más tarde supe por mis compañeros que a este hombre le llamaban el “señor Valentín” y de él guardo muy buenos recuerdos, por ser una buena persona. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de uno de los celadores que más tarde iba a conocer. Le llamaban el “señor Ramón” y era muy cruel con los niños.

El señor Valentín me dijo:
- No llores más y vente conmigo, que te voy a dar un traje limpio.

Seguí a este hombre sin dejar de llorar y me condujo a una salita que hacía de vestuario. El traje era un mono de los que suelen llevan los mineros para el trabajo, más una camisa de rayas, unos calzoncillos y unas zapatillas blancas. Con frío, o calor, este sería el vestuario que llevaría durante todo el tiempo que me quedaba que estar allí, que por cierto no iba a ser poco.
Puerta de entrada del reformatorio, año 1945

















Capitulo VI. El reformatorio

El comedor mediría sobre unos ciento cincuenta metros, componiéndose todo su mobiliario de bancos de madera que hacían de silla y mesa, pues cuando teníamos que comer lo hacíamos de rodillas y lo utilizábamos como mesa.
En una de las paredes del comedor, había tres piletas con sus correspondientes grifos para beber agua. Y eso era todo.
El dormitorio mediría unos doscientos metros, en las paredes se alineaban camas empotradas. De día permanecían colgadas sobre la pared para ocupar el mínimo espacio, y de noche las dejaban caer sobre el suelo para que durmieran los niños.
El lugar que ocupaban los aseos mediría alrededor de sesenta metros. Y, en las paredes se asentaba el servicio de duchas y letrinas. Las condiciones de limpieza eran nulas, abundando los malos olores, que daba lugar a que, gérmenes nocivos para la salud, se sintieran a sus anchas.
En estas condiciones carentes de higiene, mas la escasez de alimentos conllevaría, que una gran mayoría de niños nos viéramos afectados por raquitismo, parásitos y muchas enfermedades, abundando el sarampión, tiña y sarna.
Recuerdo, que para curar la sarna, nos untaban el cuerpo con azufre, y para el tratamiento de la tiña, cocían unas patatas, las trituraban, y hacían una cataplasma, que nos colocaban en la cabeza con ayuda de una venda.
No sé, hasta que punto esta cura era eficaz, pero lo cierto era, que no se disponía de otros recursos para curar o paliar estas enfermedades, ya que no se disponía de protección sanitaria, ni un médico que nos visitara cuando estábamos enfermos. Si la enfermedad era grave, lo más probable es que murieses por falta de asistencia médica, pero daba igual, lo enterraban y ponían otro pobre niño en su lugar. Entonces abundaban en las calles de Valencia los niños desperdigados y sin rumbo, ya que muchos de ellos, habían tenido la desgracia de perder a sus familiares en aquella guerra inútil que nos enfrentó a todos los españoles.
La disciplina en el reformatorio era acérrima. A las veintiuna horas nos mandaban a dormir, no sin antes hacer los rezos correspondientes. Y a las siete de la mañana nos despertaba nuestro carcelero a toque de silbato.
Si el carcelero que estaba de guardia era el “señor Ramón” ya podíamos temblar, sobre todo el que mojaba la cama, pues a la hora de levantarnos, siempre llevaba una porra (como la de los guardias) que en plan amenazante, empuñaba con la mano derecha golpeándola contra la palma de la mano izquierda. Así iba pasando revista de cama en cama, al mismo tiempo que gritaba fuertemente:
- ¡A ver, el que se ha orinado! - con seguridad probaba la porra del “señor Ramón”.
Al contrario, si el de guardia era el “señor Valentín” los que mojaban la cama, podían estar tranquilos, ya que como dije anteriormente, este hombre era muy tolerante con los niños y, además, no utilizaba porra.
Después de levantarnos nos formaban al estilo militar y nos obligaban a que nos ducháramos con agua fría, fuese verano o, invierno, además, sin jabón.

La calefacción, ni sabíamos que existiera.

Una vez que nos habíamos duchado, pasábamos al comedor y nos servían el desayuno, qué se componía de una rebanada de pan y un cuadrado de chocolate de algarroba. La algarroba es un fruto en forma de vaina, que contiene una pulpa gomosa de sabor agradable, y la da un árbol de unos 15 m de altura de la familia de las fabaceae, que en aquel tiempo se empleaba para la alimentación de las caballerías, pero con la escasez de alimentos que sufríamos en España, era empleada para hacer un sustituto del verdadero chocolate.
Después de almorzar si no hacía frío solían sacarnos al patio, y si lo hacía estábamos todo el día apretujados en el comedor. La comida la servían a las trece horas, y el menú se componía de un plato de caldo con col, alguna patata y la rebanada de pan descrita en el desayuno. En todas las comidas había que rezar antes y después de comer.
Por la tarde, sobre las diecisiete horas, rezábamos el Santo Rosario y, a las diecinueve horas nos traían la cena, que era muy similar a la comida que nos daban a mediodía. Y ésta era nuestra rutinaria vida.
Nunca en mi vida, pase tanta hambre como pase en aquel reformatorio. Comíamos las cascaras de cacahuetes, las cortezas de naranja, y si podíamos coger una de plátano ¡Eso era un extra! Era tan grande el hambre que pasábamos, que recuerdo a un niño que le pusieron el apodo de duende, pues cuando los niños dormíamos, se levantaba procurando hacer el menor ruido posible para no despertarnos, cogía la ropa de otros niños y, de la misma forma que lo hace un ratón, nos roía los botones de la camisa, que en aquel tiempo eran de madera. Así que, para evitar que al levantarte te encontraras la ropa sin botones, tenías que guardarla debajo del colchón o de la almohada.
La escolaridad era inexistente, lo único que nos enseñaban era a rezar constantemente.
Nos hacían llevar en el cuello un cordón con cuatro o cinco medallas, además de un escapulario de tela con la imagen de la Virgen del Carmen.
El carcelero Ramón insistía en que si teníamos la desgracia de morir en pecado mortal, nuestra alma iría irremisiblemente al infierno donde ardería toda la eternidad, sin llegar nunca a consumirse. De lo contrario, si al morir llevábamos puesto el escapulario, aun estando en pecado mortal, nos libraríamos de ir al infierno. Éste sería cambiado por el purgatorio, y tendríamos la oportunidad de que algún día te sacara la Virgen del Carmen y te llevara al cielo, desde luego, no sin antes pagar por nuestros pecados. Así que, siempre insistía en que tuviéramos mucho cuidado de no perderlo y, si se diera este caso, que avisáramos de inmediato para darnos uno de repuesto, no fuera ser que tuviéramos la desgracia de morir en pecado mortal.
Sus enseñanzas nos tenían traumatizados. No comprendo cómo un hombre tan religioso como era el carcelero“señor Ramón” podía ser tan cruel con los niños, ya que de lo que hablaba siempre, era de milagros y todo lo relacionado con la religión.

Capitulo VII. El encuentro con mis hermanas.

Llegó el primer domingo de mi ingreso en aquella cárcel para niños y, nos formaron en dos filas para llevarnos a la Iglesia a oír misa.
Durante el trayecto nos llevaron formados al estilo militar cantando canciones religiosas. Una de las canciones que recuerdo decía así:
- “Era niño del albergue, del albergue la misión, porque allí encontrarás tu entera salvación. Bendito, bendito, bendito sea Dios, los Ángeles cantan y alaban al Señor”.
Al llegar a la Iglesia nos situaron en un extremo de la misma todos de pie. Los pocos bancos que había estaban reservados para las monjas.
Mi alegría se desbordó, cuando vi que entraba en la iglesia un grupo de niñas dirigidas por dos monjas, y con ellas iban mis hermanas. Iban uniformadas, y se cubrían la cabeza con una boina roja, pues según normas del reformatorio, les rapaban el pelo para no darles facilidades a los molestos piojos.
Al verlas empecé a llorar, y salí de la fila con intención de llegar a ellas.
Pero no lo conseguí, el carcelero Ramón que se percató de que me salía de la fila, salió detrás de mí dándome alcance. Me cogió de un brazo y me sacó de la Iglesia haciéndome pagar mi rebeldía. Con la famosa porra que siempre llevaba, me propinó unos cuantos azotes en mi trasero y espalda.
Según el maltratador, me había portado mal en la Iglesia originando semejante escándalo, había cometido un pecado mortal en la ¡¡¡Casa del Señor!!!Que tendría que purificar con un castigo de privación de comida, y confesarlo al sacerdote cuando hiciera mi primera comunión.
Después de aquellos azotes, me exigió que le pidiera perdón, y la promesa de que en la iglesia siempre guardaría respeto y compostura.
Con el cuerpo bien caliente volvimos a entrar para terminar de oír la misa, pero la misa que oí, fue con lágrimas en los ojos, por estar viendo a mis hermanas a tan solo cuarenta metros y no poder darles ni un beso. Cuando salimos de la iglesia, y no estando autorizado, mis hermanas se acercaron a mí en un pequeño descuido que tuvo el celador, nos besamos llorando al mismo tiempo que trataban de consolarme. No creo que aquel encuentro durara más de dos minutos, pero fue suficiente, para que me dieran a escondidas de las monjas el chocolate de algarroba, que me habían guardado privándose ellas de comerlo. Me prometieron que todos los domingos me lo guardarían y lo cumplieron. Cada domingo después de oír misa, y cuando salíamos de la Iglesia, al menor descuido de nuestros carceleros me entregaban aquel chocolate, que aún sabiendo a tierra, me sabía a gloria.
Desde la actualidad, mi mente no para de procesar aquellos recuerdos lejanos en el tiempo y me pregunto: ¿Como unas niñas en su infancia, y con el hambre que se pasaba, podían hacer tanto sacrificio por su hermano? Mi verdad es, qué no entiendo cómo a su corta edad preferían quedarse sin comer con tal de que
yo pudiera hacerlo.
Iglesia del reformatorio, año 1945
Recordando con mí esposa la Iglesia de San francisco Javier 66 años después 1945/2011, Campanar (Valencia