Las cicatrices del Alma
Taberno es un pueblo pequeño de la provincia de Almería.
En el año 1937 la vida en las zonas rurales de España era diferente de cómo es ahora.
El hambre llevaba a familias en situaciones desesperadas a cometer actos iguales de desesperados.
La educación no estaba, como ahora, al alcance de todos, sino de los más favorecidos, y una gran mayoría, empezábamos a trabajar desde niños para no morir de hambre.
Hoy vemos por la televisión como se vive en los países del tercer mundo, a niños trabajando antes de cumplir 10 años, y a mujeres sometidas al dominio de sus maridos o padres, y nos parece una realidad muy lejana, cuando lo cierto es, que hace apenas 70 años también era nuestra realidad.
A mí me encantan los programas culturales que nos ofrecen en televisión, y procuro (siempre que es posible) no perderme ninguno. Por eso, cuando veo en alguno de ellos la forma de vivir de algunas tribus perdidas atrás en el tiempo, no puedo dejar de sonreír, ya que me hace recordar que, aquí mismo en nuestro país, y muy poco tiempo atrás, yo he vivido y visto con mis propios ojos pasajes y costumbres que, si bien no son iguales, en algunos aspectos, sí que son parecidos.
El hecho que voy a describir, además, de vivirlo en mi propia familia, lo he visto en televisión, en algunas culturas llamadas del tercer mundo.
Cuando se originaba una tormenta, y temiendo que dañara su cosecha, mi abuela no dudaba en actuar según sus creencias heredadas de sus ancestros.
El primer paso que seguía, era echar un puñado de sal en la calle junto con las trébedes, (objeto de hierro de tres patas que se pone encima del fuego para depositar el puchero y guisar), estas eran depositadas en el suelo, procurando que las patas quedaran hacia arriba. El significado de este proceder lo ignoraban, porque nunca se preguntaban el porqué de las cosas, sabían que había que hacerlo, porque siempre se había hecho y, era una tradición heredada de padres a hijos.
Antes de que llegara la tormenta, mi abuela se situaba en medio de la calle a "conjurar la nube", como decía. Este ritual, tenía el objetivo de desviar la tormenta hacia otro lugar para salvar su cosecha.
El ritual de conjuro consistía, en permanecer de pie de cara hacia la tormenta, al mismo tiempo que braceaba, y con voz muy alta rezaba unas oraciones, que debido a mi corta edad casi no recuerdo.
Si con el ritual de mi abuela, se desplazaba en la dirección deseada, su conjuro había surtido efecto, y daba gracias a Dios rezando unas oraciones. De lo contrario, le quedaba el convencimiento, que los rituales no le habían salido bien.
El remedio para el dolor de cabeza, cuando se daba este caso, creían que el enfermo había cogido una insolación, para curarlo, se disponía de un método sencillo y sin costo alguno. Al afectado lo sentaban en una silla mirando hacia el sol, y presionaban sobre la frente, un vaso con agua en forma de ventosa, cuando empezaba a evaporarse el agua, exclamaban satisfechos: empieza a expulsar el sol que se le metió en la cabeza. No sé, hasta qué punto este remedio era eficaz, pero lo cierto es, que después este proceso, el afectado afirmaba no padecer el dolor.
Otro caso que me gustaría comentar. Cuando nacía un niño, en los cuarenta días primeros de vida, había que quemarle el Aljorre (Dermatitis seborreica del lactante.)
Esta costumbre la solían aplicar las madres y, consistía en introducir al niño un palito de espliego caliente por el ano. Me gustaría pensar, que en nada favorecían al niño con esta práctica, todo lo contrario, le causaban un sufrimiento inútil.
Más casos: el “mal de ojo” tan arraigado sobre todo en las zonas rurales de nuestro país.
Como todos sabemos, esta creencia aún perdura en nuestros días, pero en aquella comarca, creían tener el remedio mediante el rezo.
Los más propensos a sufrir este mal eran los niños, ya que según sus creencias, existían personas que en contra de su voluntad, tenían la desgracia de ocasionarlo. Si por cualquier circunstancia el niño tenía la desgracia de caer enfermo, la familia no dudaba, en hacer un estudio de las personas que habían tenido la gentileza de hacerles una visita.
Generalmente, no tardaban en encontrar un culpable de la desgracia, para en lo sucesivo, poner los medios a su alcance para librarse de esta persona, quedando fichado para el recto de la gente como transmisor del mal.
Una vez que le habían hecho mal de ojo al niño, lo único que se podía hacer, era buscar un curandero para rezarle, que por fortuna para los creyentes abundaban los que decían tener esta facultad. Ni siquiera hacía falta que vieran al niño, con algún cabello o prenda de ropa que llevaran al curandero era suficiente para rezarle.
Lo curioso de esta creencia, era que la facultad para curar el mal de ojo, sólo la tenían las mujeres.
No solamente hacían “mal de ojo” a las personas, también lo hacían a los animales. Cuando paría alguna yegua al potrillo le hacían una cruz con la tijera en la grupa, colocándole una cinta en forma de lazo en la cola. Así, que si venía a verle alguien que hacía “mal de ojo” fijaría más su atención en la cruz y en el lazo que en el potrillo, salvándose este de sufrir el mal, pues la creencia era que el “mal de ojo” lo hacían con la mirada, al alabar la hermosura del sujeto, y muchas veces en contra de su voluntad.
Sin duda, que la ignorancia tenía que ver en las costumbres y el día a día.
Las labores estaban divididas en “cosas de hombres” y “cosas de mujeres”.
Desde que nacía una niña, su suerte estaba echada: sería una esclava durante su vida. Primero de los padres, y después del marido, el cabeza de familia como se suele decir.
En aquel entonces la norma era la esclavitud a que se veían sometidas aquellas pobres mujeres por parte de su pareja, la discriminación ejercida hacia la mujer, que se llevaba a cabo por todos aquellos jerarcas egoístas y sin escrúpulos.
El dominio del cabeza de familia sobre su mujer e hijos, era absoluto, la mujer era sumisa ante el esposo, y como persona tenia suprimida su libertad, además, era normal que pudiera pegar a su esposa e hijos, aunque también es verdad, que no se puede generalizar.
Los hijos eran maltratados físicamente, y psicológicamente en un 40%, yo mismo conozco en la actualidad a personas de mi generación que aún conservan en sus espaldas las marcas de su progenitor, ocasionadas por el cinturón.
Algunos de aquellos patriarcas, como los suelo llamar, tenían los hijos, no por amor a ellos, sino por el egoísmo de que le trabajaran sus tierras, y prueba de ello, es que solamente deseaban varones, pues cuando nacía una niña su malestar era evidente. Estos obligaban a sus hijos a trabajos muy duros desde la más tierna infancia.
Los niños que nacían en aquella época le ponían el nombre de los abuelos, como prevalecía el machismo, había que cumplir en primer lugar con los paternos, y segundariamente con los maternos. Si continuaba los nacimientos, había que hacerlo con los padrinos. Esta norma siempre se llevaba a cabo, pues de lo contrario, siempre lo tendrían en cuenta.
El trato que daban los nietos cuando se dirigían a sus abuelos era de padre y madre.
También era normal que los abuelos pegaran a sus nietos, con pasividad de sus padres.
Yo mismo procuraba ver a mi abuelo lo menos posible, pues por el mínimo motivo, éste no dudaba en sacar de su cintura esa arma tan arraigada en aquel entorno y tan temida por los niños de la época, la famosa correa.
Mi abuelo gozaba de una posición económica holgada, ya que gracias a Dios no le faltaba para comer, pues su finca era grande y producía lo suficiente para vivir sin sacrificios, pero para no trabajar y, eximirse de responsabilidades, dividió la finca en cinco partes iguales y las cedió en herencia a sus cinco hijos, de entre ellos mi padre.
Las condiciones de escritura fueron, que de la cosecha que se recolectara, se quedaría con la tercera parte, no pudiendo los herederos bajo ningún concepto vender la herencia, y en caso de necesidad para su sustento, tendría las atribuciones para recoger la herencia y, en último extremo venderla si así lo creía conveniente.
Aquellas zonas rurales quedaban muy lejos de los pueblos, aisladas y sin medios de comunicación, abasteciéndose cada familia de lo que lograban cosechar en su finca, tampoco les hacía mucha falta desplazarse, parte de lo que necesitaban, lo fabricaban artesanalmente, para la ropa empleaban la lana de sus ovejas, y para el calzado el esparto abundante en aquella comarca.
Todas estas manualidades como siempre y para no perder la costumbre corrían a cargo de las mujeres.
Cuando había que desplazarse, para comprar en los mercados de aquellos pueblos lo que no se producía en la finca, se hacía en caballerías, por caminos tan quebrados y estrechos que apenas cogía el animal. Además, estos pueblos quedaban a mucha distancia y el tiempo necesario de ida y vuelta según al pueblo que se desplazaran , podía ser de entre cinco y ocho horas, esto para la gente humilde se agravaba mucho más si no disponían de una burra, que era lo más asequible, sino disponía de este animal, tendrían que hacer el recorrido con lo que la madre naturaleza nos ha dotado, “nuestras piernas” y pedir de favor algún vecino que les llevara la carga en sus animales, de lo que habían comprado.
No debo dejar de comentar la represión hacia los jóvenes que tuvimos la desgracia de nacer en aquellos años. Con las ideas heredadas en aquellas gentes de generación en generación, lo tenían muy difícil para festejar, pues aquellas casas solían construirlas en medio de la finca, quedando muy separados los vecinos. No obstante, los jóvenes para poder relacionarse, solían organizar algún baile en alguna casa; estos bailes se componían siempre de folclore ya que el baile debía de ser suelto, (separados) pues estaba muy mal visto que los jóvenes o novios pudieran tener el menor roce con su pareja. Las mozas siempre iban acompañadas al baile por su madre, no teniendo los novios nunca la oportunidad de quedarse solos, pues la madre de la novia, se encargaba de que esto no llegara a suceder; por lo tanto en su mayoría llegaban al matrimonio sin darse ni un beso. Cuando lo pienso, maldigo la época en que por desgracia me toco vivir. ¿Cómo podría haber tanta represión y vivir con unas ideas tan absurdas? En verdad digo, que si hubiera podido elegir mi nacimiento, no cabe duda que no hubiera elegido ese tiempo.
Taberno es un pueblo pequeño de la provincia de Almería.
En el año 1937 la vida en las zonas rurales de España era diferente de cómo es ahora.
El hambre llevaba a familias en situaciones desesperadas a cometer actos iguales de desesperados.
La educación no estaba, como ahora, al alcance de todos, sino de los más favorecidos, y una gran mayoría, empezábamos a trabajar desde niños para no morir de hambre.
Hoy vemos por la televisión como se vive en los países del tercer mundo, a niños trabajando antes de cumplir 10 años, y a mujeres sometidas al dominio de sus maridos o padres, y nos parece una realidad muy lejana, cuando lo cierto es, que hace apenas 70 años también era nuestra realidad.
A mí me encantan los programas culturales que nos ofrecen en televisión, y procuro (siempre que es posible) no perderme ninguno. Por eso, cuando veo en alguno de ellos la forma de vivir de algunas tribus perdidas atrás en el tiempo, no puedo dejar de sonreír, ya que me hace recordar que, aquí mismo en nuestro país, y muy poco tiempo atrás, yo he vivido y visto con mis propios ojos pasajes y costumbres que, si bien no son iguales, en algunos aspectos, sí que son parecidos.
El hecho que voy a describir, además, de vivirlo en mi propia familia, lo he visto en televisión, en algunas culturas llamadas del tercer mundo.
Cuando se originaba una tormenta, y temiendo que dañara su cosecha, mi abuela no dudaba en actuar según sus creencias heredadas de sus ancestros.
El primer paso que seguía, era echar un puñado de sal en la calle junto con las trébedes, (objeto de hierro de tres patas que se pone encima del fuego para depositar el puchero y guisar), estas eran depositadas en el suelo, procurando que las patas quedaran hacia arriba. El significado de este proceder lo ignoraban, porque nunca se preguntaban el porqué de las cosas, sabían que había que hacerlo, porque siempre se había hecho y, era una tradición heredada de padres a hijos.
Antes de que llegara la tormenta, mi abuela se situaba en medio de la calle a "conjurar la nube", como decía. Este ritual, tenía el objetivo de desviar la tormenta hacia otro lugar para salvar su cosecha.
El ritual de conjuro consistía, en permanecer de pie de cara hacia la tormenta, al mismo tiempo que braceaba, y con voz muy alta rezaba unas oraciones, que debido a mi corta edad casi no recuerdo.
Si con el ritual de mi abuela, se desplazaba en la dirección deseada, su conjuro había surtido efecto, y daba gracias a Dios rezando unas oraciones. De lo contrario, le quedaba el convencimiento, que los rituales no le habían salido bien.
El remedio para el dolor de cabeza, cuando se daba este caso, creían que el enfermo había cogido una insolación, para curarlo, se disponía de un método sencillo y sin costo alguno. Al afectado lo sentaban en una silla mirando hacia el sol, y presionaban sobre la frente, un vaso con agua en forma de ventosa, cuando empezaba a evaporarse el agua, exclamaban satisfechos: empieza a expulsar el sol que se le metió en la cabeza. No sé, hasta qué punto este remedio era eficaz, pero lo cierto es, que después este proceso, el afectado afirmaba no padecer el dolor.
Otro caso que me gustaría comentar. Cuando nacía un niño, en los cuarenta días primeros de vida, había que quemarle el Aljorre (Dermatitis seborreica del lactante.)
Esta costumbre la solían aplicar las madres y, consistía en introducir al niño un palito de espliego caliente por el ano. Me gustaría pensar, que en nada favorecían al niño con esta práctica, todo lo contrario, le causaban un sufrimiento inútil.
Más casos: el “mal de ojo” tan arraigado sobre todo en las zonas rurales de nuestro país.
Como todos sabemos, esta creencia aún perdura en nuestros días, pero en aquella comarca, creían tener el remedio mediante el rezo.
Los más propensos a sufrir este mal eran los niños, ya que según sus creencias, existían personas que en contra de su voluntad, tenían la desgracia de ocasionarlo. Si por cualquier circunstancia el niño tenía la desgracia de caer enfermo, la familia no dudaba, en hacer un estudio de las personas que habían tenido la gentileza de hacerles una visita.
Generalmente, no tardaban en encontrar un culpable de la desgracia, para en lo sucesivo, poner los medios a su alcance para librarse de esta persona, quedando fichado para el recto de la gente como transmisor del mal.
Una vez que le habían hecho mal de ojo al niño, lo único que se podía hacer, era buscar un curandero para rezarle, que por fortuna para los creyentes abundaban los que decían tener esta facultad. Ni siquiera hacía falta que vieran al niño, con algún cabello o prenda de ropa que llevaran al curandero era suficiente para rezarle.
Lo curioso de esta creencia, era que la facultad para curar el mal de ojo, sólo la tenían las mujeres.
No solamente hacían “mal de ojo” a las personas, también lo hacían a los animales. Cuando paría alguna yegua al potrillo le hacían una cruz con la tijera en la grupa, colocándole una cinta en forma de lazo en la cola. Así, que si venía a verle alguien que hacía “mal de ojo” fijaría más su atención en la cruz y en el lazo que en el potrillo, salvándose este de sufrir el mal, pues la creencia era que el “mal de ojo” lo hacían con la mirada, al alabar la hermosura del sujeto, y muchas veces en contra de su voluntad.
Sin duda, que la ignorancia tenía que ver en las costumbres y el día a día.
Las labores estaban divididas en “cosas de hombres” y “cosas de mujeres”.
Desde que nacía una niña, su suerte estaba echada: sería una esclava durante su vida. Primero de los padres, y después del marido, el cabeza de familia como se suele decir.
En aquel entonces la norma era la esclavitud a que se veían sometidas aquellas pobres mujeres por parte de su pareja, la discriminación ejercida hacia la mujer, que se llevaba a cabo por todos aquellos jerarcas egoístas y sin escrúpulos.
El dominio del cabeza de familia sobre su mujer e hijos, era absoluto, la mujer era sumisa ante el esposo, y como persona tenia suprimida su libertad, además, era normal que pudiera pegar a su esposa e hijos, aunque también es verdad, que no se puede generalizar.
Los hijos eran maltratados físicamente, y psicológicamente en un 40%, yo mismo conozco en la actualidad a personas de mi generación que aún conservan en sus espaldas las marcas de su progenitor, ocasionadas por el cinturón.
Algunos de aquellos patriarcas, como los suelo llamar, tenían los hijos, no por amor a ellos, sino por el egoísmo de que le trabajaran sus tierras, y prueba de ello, es que solamente deseaban varones, pues cuando nacía una niña su malestar era evidente. Estos obligaban a sus hijos a trabajos muy duros desde la más tierna infancia.
Los niños que nacían en aquella época le ponían el nombre de los abuelos, como prevalecía el machismo, había que cumplir en primer lugar con los paternos, y segundariamente con los maternos. Si continuaba los nacimientos, había que hacerlo con los padrinos. Esta norma siempre se llevaba a cabo, pues de lo contrario, siempre lo tendrían en cuenta.
El trato que daban los nietos cuando se dirigían a sus abuelos era de padre y madre.
También era normal que los abuelos pegaran a sus nietos, con pasividad de sus padres.
Yo mismo procuraba ver a mi abuelo lo menos posible, pues por el mínimo motivo, éste no dudaba en sacar de su cintura esa arma tan arraigada en aquel entorno y tan temida por los niños de la época, la famosa correa.
Mi abuelo gozaba de una posición económica holgada, ya que gracias a Dios no le faltaba para comer, pues su finca era grande y producía lo suficiente para vivir sin sacrificios, pero para no trabajar y, eximirse de responsabilidades, dividió la finca en cinco partes iguales y las cedió en herencia a sus cinco hijos, de entre ellos mi padre.
Las condiciones de escritura fueron, que de la cosecha que se recolectara, se quedaría con la tercera parte, no pudiendo los herederos bajo ningún concepto vender la herencia, y en caso de necesidad para su sustento, tendría las atribuciones para recoger la herencia y, en último extremo venderla si así lo creía conveniente.
Aquellas zonas rurales quedaban muy lejos de los pueblos, aisladas y sin medios de comunicación, abasteciéndose cada familia de lo que lograban cosechar en su finca, tampoco les hacía mucha falta desplazarse, parte de lo que necesitaban, lo fabricaban artesanalmente, para la ropa empleaban la lana de sus ovejas, y para el calzado el esparto abundante en aquella comarca.
Todas estas manualidades como siempre y para no perder la costumbre corrían a cargo de las mujeres.
Cuando había que desplazarse, para comprar en los mercados de aquellos pueblos lo que no se producía en la finca, se hacía en caballerías, por caminos tan quebrados y estrechos que apenas cogía el animal. Además, estos pueblos quedaban a mucha distancia y el tiempo necesario de ida y vuelta según al pueblo que se desplazaran , podía ser de entre cinco y ocho horas, esto para la gente humilde se agravaba mucho más si no disponían de una burra, que era lo más asequible, sino disponía de este animal, tendrían que hacer el recorrido con lo que la madre naturaleza nos ha dotado, “nuestras piernas” y pedir de favor algún vecino que les llevara la carga en sus animales, de lo que habían comprado.
No debo dejar de comentar la represión hacia los jóvenes que tuvimos la desgracia de nacer en aquellos años. Con las ideas heredadas en aquellas gentes de generación en generación, lo tenían muy difícil para festejar, pues aquellas casas solían construirlas en medio de la finca, quedando muy separados los vecinos. No obstante, los jóvenes para poder relacionarse, solían organizar algún baile en alguna casa; estos bailes se componían siempre de folclore ya que el baile debía de ser suelto, (separados) pues estaba muy mal visto que los jóvenes o novios pudieran tener el menor roce con su pareja. Las mozas siempre iban acompañadas al baile por su madre, no teniendo los novios nunca la oportunidad de quedarse solos, pues la madre de la novia, se encargaba de que esto no llegara a suceder; por lo tanto en su mayoría llegaban al matrimonio sin darse ni un beso. Cuando lo pienso, maldigo la época en que por desgracia me toco vivir. ¿Cómo podría haber tanta represión y vivir con unas ideas tan absurdas? En verdad digo, que si hubiera podido elegir mi nacimiento, no cabe duda que no hubiera elegido ese tiempo.
![]() |
| Presentación de mi libro en Monzón |


Me encantan estas historias del pasado.
ResponderSuprimirVendré a leerte claro que sí
Saludos y gracias por llegar
Gracias por tu visita amiga Marian Gardi.
ResponderSuprimirSaludos afectuosos, Josan
Leí con interés este primer capítulo de los tiempos de antaño. Por suerte no he vivido esos interesantes pormenores de los años de la postguerra española. Díficil situación en la que se encontraba medio país, y por desgracia tu madre y familia. Mis estrellas para un sobreviviente como tú: como diría García Márquez "Vivir para contarla". Besos
ResponderSuprimirMe gustó llegar aquí, de paso encontrarme con persona conocida, como Idaluz.
ResponderSuprimirTe tocó una situación triste.
Sólo Dios sabe para que.
Se dice que de todo se puede sacar un bien.
Besos.
Primer capítulo leído. Una historia muy bien contada. Eso del "mal de ojo" también lo tenemos acá. Pensé que era una costumbre de los peruanos autóctonos, pero parece que la trajeron Uds. los españoles. Lo que sí he sabido y he visto, querido Josan, es que después de rezarle al niño, éste mejora mucho. Acá la costumbre es pasarle un huevo por todo el cuerpo y limpiarlo con papel periódico... Estamos unidos por esas benditas costumbres. Un abrazo.
ResponderSuprimirJosan ¡como ves llego a tu blog, he leído parte del primer capitulo porque he de salirm, pero volveré, me ha parecido sumamaente interesante, gracias por pedirme que vinieram te veré a menudo
ResponderSuprimirUn abrazo
Stella
Hola, Yosep!! :) muy lindo Blog!! :) te seguire...
ResponderSuprimirJosan, como siempre, tus textos tienen la particularidad de no dejarme indiferente, desconocia la mayoria de los datos que aqui mencionas y que a mi parecer son tremendos. Siempre pienso por que esta tan mal repartida la cosa y mientras unos nacen o han nacido en lugares donde la igualdad de generos, las costumbres y el estilo de vida son favorables a otros les toca o les ha tocado nacer en lugares y tiempos donde la dignidad humana era o es tan pisoteada. Realmente interesante y cautivador tu texto, enriquece, educa, abre la mente y deja saber cómo han vivido otras culturas con sus costumbres. Te sigo. Un abrazo.
ResponderSuprimirjosan,te felicito la hermosa famila que formaron con francisca, hijos y ya nietos, la dedicatoria me encantó, y más que se la didiques a tu esposa, está el dicho: detras de un gran hombre está una gran mujer, asi debe de ser francisca,el 1er cápítulo,muy interesante,saber la ignorancia de aquellos años,seguiré junto a ti y francisca,un abrazo para los dos
ResponderSuprimirfloria
Muy buen comienzo Josan, me ha dejado enganchada este primer capítulo. Déjame decirte que yo llegue a ver a mi abuela haciendo algunos de esos remedios.
ResponderSuprimirSaludos.
Un verdadero gusto pasar por acá, sentir tu mano literaria honesta y evocadora.
ResponderSuprimirNo se pierde el tiempo acá, gracias por eso.
Un abrazo
Josan te dejo mi huella, yo también tengo un par de blogs , aunque últimamente muy abandonados, aquí también soy Amapola. Un abrazo.
ResponderSuprimirEstimado Josan:
ResponderSuprimirUna historia magníficamente narrada y de gran interés. Me has hecho permanecer expectante hasta el final. Bueno, desde que el mundo es mundo, bien sabes que siempre ha estado mal repartido. Pero para eso estamos los escritores para reivindicar los derechos humanos, recordarás lo que dijo Cela: Si el escritor no se siente capaz de dejarse morir de hambre, debe cambiar de oficio. La verdad del escritor no coincide con la verdad de quienes reparten el oro.
Aunque esto jamás se lo aplicó así mismo y yo no comulgo con esta persona menos ahora que está fallecido pero las palabras siempre permanecen, y reconozco, que esta frase suya sí que me ha gustado.
Respecto al sometimiento de la mujer por el hombre eso sigue existiendo en tiempor coetáneos. Y, ahí no entro, pq se me remueve la sangre, motivos, ya te contaré.
En relación a la hambruna otro tema que me mata y hasta me siento mal cuando como.
Para no cansarte, decirte que celebro haberte conocido. Eres un gran escritor. Felicidades.
Un abrazo,
Cris.
Muy buena historia, te sigo encantada y gracias por invitarme.
ResponderSuprimirUn abrazo lleno de luz y ternura.
Mau
Vaya uffffff unas "Cicatrices del Alma" que desde sus inicios han sido tan profundas y tan marcadas, con razón te dejaron verdugones en tu piel y en tu corazón ufffff ya me puse sentimental jajajajajaja.
ResponderSuprimirTu abuela era una mujer sabia y de coraje, mira que plantarse a luchar contra la adversidad del tiempo es cosa de admirar, ahí se ve su carácter decidido y fuerte.
¿Sabes? No te gustó nacer en esa época pero yo diría que si no lo hubiera hecho... ¿qué nos contaría ahora? Tu historia, es un ejemplo de vida para todo el que te lee.
Abrazos y mis felicitaciones, te seguiré leuyendo capítulo por cap.
Hola:
ResponderSuprimirHay torta y te invito a celebrar el primer aniversario del Kiosko de Mau y te agradezco el haberme brindado tu amistad bloguera. Gracias por seguirme.
Recoge tu recuerdo de aquí:
http://kioskodemau.blogspot.com/2012/01/primer-aniversario.html#.TxyD4KW1Oa8
Un abrazo lleno de luz y ternura con mucho chocolate.
Mau
UN GRAN SALUDO ES MUY INTERESANTE PODER ENTENDER QUE LAS COSTUMBRES Y CREENCIAS SON PARTE DE LA VIDA DE LAS PERSONAS Y ES MUY DIFÍCIL DEJARLAS DE PRACTICAR
ResponderSuprimir