lunes, 6 de septiembre de 2010

Capitulo IX. El reencuentro con mi madre




De mi madre hacía tiempo que no sabía nada. En realidad nunca supe lo que fue de su vida desde que la vi la última vez en las duchas municipales. Lo que no percibía era que estaba cerca el día que la volvería a ver.
Una de aquellas tardes el celador Ramón me llamó para que le siguiera para darme una sorpresa. Un poco desorientado y siempre temiendo lo peor (no fuera que hubiera cometido una falta) seguí a aquel hombre, y grande fue mi alegría al ver lo que estaba viendo.
Tras una puerta de rejas que daba a la calle estaba mi madre.
Llorando nos besamos con dificultad por los barrotes que nos separaban de aquella maldita puerta.
Mi madre le suplico llorando a Ramón que abriera la puerta para darme un abrazo, pero su respuesta fue contundente, Hasta nueva orden las visitas de familiares estaban prohibidas para redimir las faltas cometidas.
Me había traído un bocadillo de membrillo y dos naranjas que me paso a través de la puerta de rejas con permiso de aquel hombre, me prometió que en lo sucesivo me mandaría lo que pudiera para que mitigara el hambre.
Este inesperado encuentro con la mujer que me dio la vida y que tanto he añorado duro menos de veinte minutos, pues el celador finalizo la visita alegando que era la hora del rosario, y los deberes religiosos estaban por encima de lo mundano.
Nos despedimos entre lágrimas y mucha pena.
Aquel encuentro me impactó tanto que jamás lo desterré de mi mente, todavía puedo ver en sueños aquella puerta que se interpuso entre una madre y un hijo de ocho años para darse un abrazo.
Mi madre fue fiel cumplidora de su palabra, partir de aquel momento no dejó de mandarme alimentos. Para ella significó un gran esfuerzo al hacer lo propio con mis tres hermanas, si tenemos en cuenta las grandes dificultades de la posguerra para conseguir alimentos.
Sin embargo, después de aquella visita tuvieron que pasar  varios meses para poder verla de nuevo.
Como buena madre siempre prevaleció el amor a sus hijos, eliminando barreras para que nos llegaran aquellos bocadillos y naranjas que apaciguaban el hambre que allí pasábamos.
Afortunadamente se esperaba un cambio de departamento que en algunos aspectos nos iba a beneficiar con mucho más espacio, y lo más importante para todos los niños del alberge, que seriamos escolarizados.
Finalmente nos darían la oportunidad de aprender a leer y a escribir, y los que teníamos familia nos podrían visitar cada quince días.
Mientras pasaba tiempo para el ansiado cambio, mi madre se las ingeniaba para seguir mandando los alimentos que me prometió a través del celador Valentín, casi siempre era de membrillo, lo más asequible en aquel tiempo de miseria, sin faltar nunca las naranjas que tanto abundaban en Valencia.
Nunca olvidé el primer bocadillo que me trajo aquel hombre, pues se le ocurrió entregármelo delante de mis compañeros y fue una bomba de relojería, la mecha que enciende la llama. Al intentar comerlo en el patio un grupo de niños se abalanzó sobre mí arrebatándome lo que me había traído mi madre y llenándome el cuerpo de magulladuras.



Documento que acredita la desaparición de mi madre durante un año




2 comentarios:

  1. Qué emocionante descripción del reencuentro con tu querida madre. Qué pena que no los dejaron abrazarse.

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  2. josan... emocionante!!!estaba esperando saber que habia pasado con tu mamá, por fin la vemos, no los había olvidado,perdoname lo que te escribo ..pero sucede. hay situaciones límites que el amor de la índole que sea se opaca.que crueldad,no permitir un beso y abrazo entre dos hubiera mitigado tanto sufrimiento, un abrazo
    floria

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