lunes, 6 de septiembre de 2010

Capitulo VI. El complejo San Francisco Javier



El complejo del colegio de San Francisco Javier lo rodeaba una gran muralla pintada de blanco y en su interior coexistían varios edificios, orfanato o colegio de niños de ambos sexos algunos huérfanos de la guerra y reformatorio para niños difíciles, más una iglesia para asistir los domingos a misa. En la puerta principal había un letrero que decía. 

COLEGIO SAN FRANCISCO JAVIER
JUNTA PROVINCIAL DE PROTECCION  DE MENORES. 

Días más tarde me entere por los compañeros que a los niños del orfanato los atendían monjas de la caridad de Santa Ana, mientras que los del reformatorio estaban vigilados por celadores sin preparación alguna, y aparte de alguna excepción trataban a los niños con crueldad.
El comedor media aproximadamente unos ciento cincuenta m² componiéndose todo su mobiliario de bancos de madera que hacían de silla y mesa, pues cuando teníamos que comer lo hacíamos de rodillas y los utilizábamos de mesa.
En una de las paredes del comedor había tres piletas con grifos para beber agua y eso era todo.
El dormitorio media doscientos m², y las camas estaban empotradas en las paredes, de día permanecían colgadas sobre la pared para ocupar el mínimo espacio y de noche las dejaban caer sobre el suelo para  dormir los niños.
El espacio del local que ocupaban los aseos era de unos sesenta m² y pegado sobre las paredes y el suelo se asentaba los servicios de duchas y letrinas. Las condiciones de limpieza casi eran nulas y daba lugar a que los gérmenes nocivos para la salud se sintieran a sus anchas aparte de malos olores.  
La falta de higiene, mas la escasez de alimentos conllevaba a que una mayoría de niños nos viéramos afectados por raquitismo y otras enfermedades, abundando el sarampión, tiña y sarna.
Recuerdo, que para curar la sarna, nos impregnaban el cuerpo con azufre, y para el tratamiento de la tiña, cocían unas patatas, las trituraban, y hacían una cataplasma, que nos colocaban en la cabeza con ayuda de una venda.
No sé, si la cura era eficaz, lo cierto era que no disponían de otros recursos para paliar aquellas enfermedades, ya que carecían de protección sanitaria y médicos para atender a los enfermos. Si la enfermedad era grave lo más probable era que el niño pudiera fallecer por falta de asistencia médica, pero daba igual, lo  enterraban y otro niño en su lugar, ya que en aquel tiempo abundaban por las calles de Valencia desperdigados y sin rumbo determinado, por perder a sus padres en aquella guerra sin razón que nos enfrentó a todos los españoles.
La disciplina en el reformatorio era acérrima. A las veintiuna horas nos mandaban a dormir, no sin antes hacer los rezos correspondientes. A las siete de la mañana nos despertaba nuestro carcelero a toque de silbato.
Si el carcelero que estaba de guardia era Ramón ya podíamos temblar, sobre todo el que se había orinado en la cama, pues utilizaba una porra como los policías, y en plan amenazante la iba golpeando sobre la palma de la mano izquierda para que se asustaran los niños.
¿Que guarro se ha orinado? los que habían mojado la cama con seguridad probaba la porra del “Señor Ramón”.
Al contrario, si el señor Valentín estaba de guardia, los que se habían orinado podían estar tranquilos, ya que como dije en un capitulo anterior era muy tolerante con los niños y no utilizaba porra.
Después de levantarnos nos formaban como a los militares para ducháramos con agua fría, fuera verano o invierno, y además sin jabón.
La calefacción, no sabíamos que existía.
Una vez que nos habíamos duchado pasábamos al comedor y nos servían el desayuno, qué se componía de una rebanada de pan y un cuadrado de chocolate de algarroba.
La algarroba es un fruto en forma de vaina, que contiene una pulpa gomosa de sabor agradable, y la da un árbol de unos siete m² de altura de la familia de las fabaceae, que se emplea para alimentar a caballerías, pero en aquel tiempo por la escasez de alimentos en nuestra posguerra, se empleaban también como substituto del chocolate de cacao.
Después de almorzar si no hacía frio nos sacaban al patio, de lo contrario, estábamos durante día en el comedor sentados y apretujados los unos contra los otros en los bancos para transmitirnos calor. La comida la servían a las trece horas, y se componía de un plato de caldo con col, alguna patata y la rebanada de pan descrita en el desayuno. En todas las comidas había que rezar antes y después de comer.
Por la tarde, sobre las diecisiete horas rezábamos el rosario, y a las diecinueve nos traían la cena que era similar a la comida que nos daban a mediodía. Y ésta era nuestra vida rutinaria.
Nunca en mi vida he pasado tanta hambre como pase en el reformatorio. Nos comíamos las cascaras de cacahuetes y las cortezas de naranja, y si podíamos conseguir una de plátano ¡Era era un extra! Era tanta el hambre que pasábamos, que recuerdo a un niño que le pusieron de apodo el duende, pues cuando dormíamos se levantaba y procuraba no hacer ruido para no despertar a sus compañeros, cogía la ropa de otros niños y, de la misma forma que un ratón, roía los botones de las camisas, que en aquel tiempo eran de madera.
Para evitar no encontrar la ropa sin botones la guardábamos debajo del colchón o de la almohada.
La escolaridad era inexistente, lo único que enseñaban era rezar constantemente.
Nos obligaban a llevar colgado al cuello un cordón con cuatro medallas, además de un escapulario de tela con la imagen de la Virgen del Carmen.
El carcelero Ramón insistía, que si teníamos la desgracia de morir en pecado mortal, nuestra alma iría irremisiblemente al infierno donde ardería toda la eternidad. Si moríamos con el escapulario puesto aunque estuviéramos en pecado mortal no iríamos al infierno, sería conmutado por el purgatorio con la oportunidad de que algún día nos sacara la Virgen del Carmen y nos llevara al cielo, no sin antes pagar por nuestros pecados. Así que, insistía en que tuviéramos cuidado de no perderlo y, si se diera el caso, que avisáramos de inmediato para darnos uno de repuesto, no fuera que tuviéramos la desgracia de morir en pecado mortal.
Sus enseñanzas nos tenían traumatizados. Es difícil entender, que una persona tan religiosa como era el carcelero “Señor Ramón” podía ser tan cruel con los niños, ya que siempre que hablaba era de religión y milagros




Vista general del orfanato y reformatorio de San Francisco Javier año 1945





                     







4 comentarios:

  1. Es un milagro que hayas sobrevivido a esta extrema pobreza. Muchas veces el deseo espiritual de querer sobrevivir y el amor que uno mantiene hacia los seres que ama, se antepone a lo físicamente orgánico.

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  2. Josan, después de dias de no poder leerte,me encuentro con un capitulo de tu niñez muy triste,pienso igual que tu porque las personas que dicen llamarse religiosas aplicacan tan mal sus sentimientos,donde tendría que ser lo contrario,volcar amor,comprensión en este caso a niños tan carenciados,pero es común hasta nuestros tiempos,hay un dicho "si te ven mal te maltran,y como te ven te tratan"y que real es,seguiré acompañandote,un abrazo
    floria

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  3. Creéme Josan que al leerte reviví recuerdos de mi niñez y no pude dejar de pensar en mi hermano allí en ese asilo de niño donde tanto los golpeaban, en verdad uno al leerte y al recordar la propia vida vivida se pregunta cómo se puede sobrevivir a tantas cosas que dejan el alma llena de heridas y de tristeza.

    Un abrazo para tu alma amigo desde mi Argentina.

    Dios te bendiga

    Lilian

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  4. por suerte no tengo esos malos recuerdos de la infancia. no he pasado hambre.pero si que recuerdo la normativas de los internados de valencia. muchas veces me he preguntado porque las religiosas , algunas.... les faltan caridad a la hora de enseñar y sobretodo con los niños o niñas pequeñas? sabiendo que un niño pequeño no controla los esfinteres por la noche, son los que atacan por la mañana ? se ensañan con ellos?

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