lunes, 6 de septiembre de 2010

Capitulo VII. El encuentro con mis hermanas.



Entrada a la Iglesia. 1945
Llegó el primer domingo de mi internado en aquella cárcel de niños y nos llevaron formados al estilo militar a la Iglesia para oír misa cantando canciones religiosas.
Recuerdo que una de las canciones decía así:
Era niño del albergue, del albergue tu misión, porque en el encontraras tu entera salvación. Bendito, bendito, bendito sea Dios, los Ángeles cantan y alaban al Señor.
Recién habíamos entrado en la Iglesia cuando vi entrar a un grupo de niñas dirigidas por dos monjas y entre ellas iban mis hermanas, todas vestían con uniforme y el pelo corto, según las normas del albergue/reformatorio lo llevaban corto para evitar los molestos piojos.
Al verlas empecé a llorar y me salí de la fila con intención de llegar hasta ellas para abrazarlas, pero el carcelero Ramón se percató de mi intención y salió tras de mi dándome alcance.
Me cogió de un brazo y me saco de la iglesia para azotar mi trasero con la porra que utilizaba para azotar a los niños.
Según el celador me había portado mal en la Iglesia al originar semejante escándalo y había cometido un pecado mortal, que tendría que purificar con privación de comida y confesarlo al sacerdote cuando hiciera la primera comunión.
Después de recibir los azotes me obligo a pedir perdón y la promesa de guardar compostura y respeto en la Iglesia.
Con el cuerpo bien caliente volvimos a entrar a la Iglesia para terminar de oír misa, pero la misa que oí, fue con lágrimas en los ojos por estar viendo a mis hermanas a solo cuarenta metros y no poder darles un beso. Al salir de la iglesia y aunque no estaba autorizado, en un descuido del celador Ramón mis hermanas se acercaron a mí para besarme y consolar mi llanto.
Desde la distancia me queda el convencimiento de que no duro más de dos minutos el encuentro, pero fue suficiente para que sin que se dieran cuenta las monjas me entregaran el chocolate de algarroba que se habían privado de comer.
Me prometieron que siempre me lo darían y lo cumplieron, pues cada domingo al salir de la Iglesia aprovechaban algún descuido de los celadores y monjas para entregármelo, que aun sabiendo a tierra a mi me sabía a gloria.
Desde la actualidad, mi mente no deja de procesar aquellos recuerdos en el tiempo y me pregunta es ¡¡¡Como niñas tan pequeñas se privaban de comer para dárselo a su hermano.
La verdad qué no entiendo cómo a su corta edad prefirieron abstenerse de comer para que lo hiciera su hermano.

Iglesia. 1945





















                                                              


6 comentarios:

  1. José Antonio, es muy emocionante lo que nos cuentas de esas bellas criaturas, tus hermanas. Mira de qué manera el amor halla el camino para superar algunos sacrificios.

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  2. Preciosa historia, triste y me ha hecho llorar, pero la realidad no es leer y vivir contigo tu pasado sufrimiento sino traernos al recuerdo nuestros propios sufrimientos en la niniez, que sin haber habido guerra pasamos hambre, injusticias, frio, enfermedades a la mano de Dios por la extrema pobreza de los paises. Gracias porque pude sentir tu dolor pasado y reconocer lo grande que es Dios que aun a nuestra edad y en otra situacion, podemos contar nuestra historia. Dios te bendiga bello amigo mio. Un abrazo con amor. Alma

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  3. Termine de leer tu libro. Bellisima historia, Felicitaciones.

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  4. Josan,el amor está presente por encima de todo sufrimiento, y desmostrar al humano que DIOS es sublime,está demostrado entre tu y tus hermanas,vence toda maldad, del carcelero que se cree religioso, y es solo el diablo disfrazado,no solo en épocas de pos guerra,sucede en tiempos modernos,estás demostrando un ejemplo de vida atrapante ,te felicito,a pesar de la tristeza,un abrazo
    floria

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  5. Gracias por compartir tu vida , realmente una vida muy dura y triste .

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  6. el amor de los hermanos lleva muchas veces al sacrificar los bienes . eso es amor y es ser cristiano . no es lo mismo que a ti te enseñaron. los malos tratos, solo llevan a que tu puedas ser un matratador. b7

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