lunes, 6 de septiembre de 2010

Capitulo VIII. Caí en un coma profundo




Aún con la ayuda de mis hermanas seguía pasando hambre, entre las carencias de alimentos, tristeza y falta de higiene caí gravemente enfermo y poco faltó para perder la vida.
Todo empezó en que llego el día que no terminaba de comer lo poco que me daban en el reformatorio, igualmente hacía lo propio con el chocolate que me daban mis hermanas, hasta dejar de comer por completo, la ración que me pertenecía se la daba a mis compañeros. Aparte de ser el más pequeño de los internos, tengo que decir que era un niño muy tímido y no dije lo que me sucedía a los celadores, hasta llegar el día de perder el conocimiento y caer al suelo desplomado.
Recobrada la conciencia me di cuenta que me encontraba en una cama, pero no supe el tiempo que estuve inconsciente, sólo recuerdo que oía murmullos de personas, y una vez que abrí los ojos, vi a una monja sentada en una silla al extremo de la cama.
Recuerdo que me obligaban a tomar un vaso de agua, cuyo contenido estaba muy amargo, pero no supe de lo que se trataba, solo que me negaba a tomar algo tan desagradable.
Poco a poco fui recuperándome, y al cabo de un tiempo que no recuerdo, me dieron de alta y me incorpore con los demás niños.
Cuando puse los pies en el suelo e intente dar los primeros pasos sufrí desvanecimientos, se me doblaban las piernas y creí haber perdido las facultades de andar.
Con el tiempo fui mejorando e intenté hacer vida normal.
Meses después supe por mis compañeros que durante el tiempo que estuve enfermo el que me cuido fue el señor Valentín, me gustaría pensar que fue quien me salvó la vida.
A pesar de mi gravedad, los celadores no permitieron la visita de mis hermanas.
Los días se sucedían en el reformatorio sin apenas novedades.
Los domingos por la tarde, nos visitaban seminaristas que estudiaban para curas, nos agrupaban en pequeños grupos y nos daban clases de religión.
Desde luego verbalmente, pues la gran mayoría de los niños no sabíamos leer.
Aquellos seminaristas eran muy generosos con los niños, casi siempre traían algunos alimentos para engañar a nuestros estómagos, como pan, membrillo y zanahorias que partían en rodajas para darle una a cada uno, que con el hambre que padecíamos sabia a poco y no tardábamos en devorarlo, por lo tanto, todos estábamos deseando que llegara el domingo siguiente, nuestro interés no residía en las clases de religión, sino en el cariño que nos manifestaban, y por supuesto en los escasos alimentos que nos traían.
Uno de aquellos días el celador Ramón nos gastó una broma. Jugábamos en el recreo, cuando muy alterado y en voz alta, nos mandó que nos pusiéramos de rodillas, según manifestó se había aparecido en el dormitorio el espíritu de un celador que había muerto meses atrás y nos pedía que le rezáramos un rosario para poder entrar en el cielo.
Temblorosos y algunos llorando recemos el rosario, pero el miedo por el supuesto fantasma fue a mas al llegar la hora de dormir, ya que  la aparición según el señor Ramón tuvo lugar en el dormitorio.

Puente de Campanar 70 años despues de mi internado

              

3 comentarios:

  1. Bueno, qué enfermedad sería la que tuviste en esos años? Sería tu desvanecimiento consecuencia de tu extrema debilidad?

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  2. Josan,increible, la falta de amor, cuidados y el hambre que te hacian pasar, más las judiediras de ese tal RAMÓN,te vencieron, tan pequeñito, y tanto sufrimiento, enfermaste, y no te permitieron una caricia de tus hermanas ,cruel destino, me haces sufrir,te acompaño en tu sufrimiento, asi lo siento
    un abrazo ,, floria

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  3. la posguerra fue muy dura ,para los padres y los hijos. pero que un religioso solo utilice el miedo para que la gente rece , es tener poco o ningun amor por los demas. donde se dijo , quiere a los demas como a ti mismo?

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