lunes, 6 de septiembre de 2010

Capitulo X. El traslado a un nuevo departamento


El nuevo comedor, era más grande que el anterior y disponía de mesas y sillas. ¡Por fin podríamos comer sentados como personas!!!
El dormitorio ocupaba un espacio de doscientos metros.
Las camas estaban alineadas en filas con mejores colchones que las anteriores y sus correspondientes sábanas.
Los aseos eran mejores que los anteriores, aunque seguimos duchándonos sin jabón ni agua caliente.
Lo más positivo para nosotros fue que nos escolarizaron y nos dieron la oportunidad de aprender a leer y escribir.
El aula se componía de una sala grande con mesas y pupitres y  espacio suficiente para darnos clase sin el menor problema.
En la mampara principal del aula había una gran puerta que abrían los domingos y días festivos para dejar al descubierto una capilla con un niño Jesús en el altar. De esta manera, la clase se convertía en iglesia para oír misa sin necesidad de desplazarnos a la antigua.
Debido a este cambio perdí todo contacto con mis hermanas, a sabiendas que la distancia que nos separaba era muy corta, pues ellas siguieron asistiendo a misa en la antigua iglesia.
La alimentación no mejoró nada, pero al menos nos dejaban ver a nuestras familias una hora cada quince días.
No todos los niños tenían aquella oportunidad, un 40% eran niños abandonados a su suerte sin ningún calor familiar que les sirviera de apoyo. Muchos de ellos habían perdido a sus padres en la guerra.
La disciplina seguía siendo igual de estricta, por poco motivo nos castigaban sin visita, así que intentábamos comportarnos lo mejor posible.
Otro castigo que imponían era la privación de comida y lo solían aplicar de la manera más degradante y más cruel, los ponían de rodillas mirando hacia los compañeros para que los vieran comer, así conseguían alargar más el sufrimiento.
Pero lo más terrorífico para los niños era el calabozo o cuarto  oscuro.
Afortunadamente, tuve suerte de no sufrir aquel castigo, pero sí que fui testigo de las caras de angustia  de los niños que no tuvieron tanta suerte.
Cuando un niño cometía una falta y no sabían con certeza el que había sido, nos formaban en fila, y el celador pedía en voz alta al culpable que saliera de la fila, prometiéndole que no le castigaría. Si nadie se daba por aludido, nos aplicaban a todos su ley pagando justos por pecadores. El castigo consistía en ir desfilando en fila de uno hasta el maltratador para pegarle dos guantazos en ambos lados de la cara. Pero dos guantazos bien pegados, tanto, como para dejar por un instante sordos a algunos de los niños y perder el sentido de la orientación. Por lo tanto, cuando los demás sentían los lloros de los que habían recibido los guantazos, pensaban que detrás irían ellos  y se orinaban encima.
Sin duda, la mejora que más me beneficio fue la oportunidad  que me visitara mi madre cada quince días. El tiempo se me hacía eterno y contaba los días y las horas que faltaban para verla.
El niño que tenía la desgracia de que lo castigaran, no había vuelta atrás y lo tenía que cumplir. Cuando llegaba el día de  visita le comunicaban a sus familiares que estaba castigado, y por más que insistían los padres, los maltratadores no cedían, por lo que tenían que marcharse sin ver a su hijo. Aunque, eso sí, recogían el paquete de comida para entregar parte del mismo al niño.
Y digo parte, porque todos los paquetes que llegaban eran requisados por los celadores, y una parte la entregaban a los que no tenían esa suerte. Mi madre era la que traía los paquetes más grandes, pues sin desprestigiar a las demás madres, para sus hijos era única, y si no estábamos con ella era porque las circunstancias de aquella época se lo impedía.
Siempre le pedí que hiciera lo posible por sacarme de aquella cárcel de castigo, pues para mí era solamente eso, una cárcel de castigo para niños, cuyo único delito era el desamparo y no tener un techo donde resguardarse del frío, ni un pedazo de pan que llevarse a la boca. Y aunque ella me consolaba y decía que pronto seria libre, no veía mi libertad por ninguna parte.
Yo ignoraba los medios de subsistencia que tenía mi madre para mandarme aquellos enormes paquetes y seguir adelante, y nunca se lo pregunté. Para mí lo importante era la comida que me traía reforzando mi alimentación en aquel infierno.
Otra de las mejoras más importantes fue que aumentaron la plantilla de celadores, además del Señor Ramón y Valentín, pusieron dos más jóvenes, cuyos nombres no logro recordar, pero sí recuerdo, que su mentalidad era más abierta y más tolerante en cuanto a la disciplina.

 
Dormitorio fiel reflejo de mejora en nuevo departamento.





2 comentarios:

  1. Las mejoras fueron llegando pero lástima que fue casi para terminar tu estadía en aquel aciago lugar.

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  2. Josan,de mejoras de humanas no tienen nada, más el castigo espiritual el físico, que dolor guantazos en el rostro a niños inocentes,que por no tener como susistir,soportar semejante atocidad, y se llaman religiosos,sigo sufriendo junto a ti
    un abrazo
    floria

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