lunes, 6 de septiembre de 2010

Capitulo XII. La brisa de la libertad. 1947

Han tenido que pasar sesenta años para saber el tiempo exacto que estuve internado en el reformatorio de San Francisco Javier, con documentos firmados y sellados que he solicitado de mi expediente, pero en aquel tiempo lo importante para mí era que mi liberación estaba muy cerca.
En el año 1947 la Junta Tutelar de Protección de menores comunicó a mi madre el fin de nuestro cautiverio. Según la carta que le envió la dirección los cuatro hermanos habíamos sobrepasado el tiempo en el internado y no podían retenernos más tiempo, con la particularidad de falta de espacio en el centro.
Uno de aquellos días, que me encontraba en el comedor consumiendo el mísero menú que nos daban cada día, el Señor Valentín pronunció mi nombre con insistencia y me mandó seguirle. Desconfiado y temeroso dejé de comer y le seguí, pensé para mí, que algo grave tenía que haber sucedido para interrumpir de aquella manera tan urgente mi comida. Mi sorpresa fue grande cuando mi celador me condujo ante mi madre y me comunicó la finalización de mi estancia en aquel lugar de acérrima disciplina.
Ante la noticia tan importante mi corazón se desbordó acelerando los latidos. ¡No podía creer lo que estaba oyendo! Ni siquiera podría describir con palabras mi alegría cuando me entere que el mundo de libertad incluida mi madre estaba a mi alcance.
El señor Valentín aconsejó a mi madre que no dejara de asistir al colegio, que tenía muchas facultades para estudiar, recuerdo que sacó un pañuelo de su bolsillo, y discretamente se limpió una lágrima que resbalaba por su mejilla, volvió a  introducir la mano y sacó una peseta para entregármela diciendo, que era lo único que tenía en aquel momento. Verdaderamente pienso que aquel hombre, además de ser una excelente persona, me llegó a tener cierto cariño, y desearía pensar que gracias a él he podido escribir estas memorias.
Nos despedimos de él  y nos dirigimos al departamento que residían mis hermanas para recogerlas.
Al verme libre de aquel recinto amurallado que impidió mi libertad unos cuantos años mi corazón latía de gozo como nunca.
Durante el trayecto mi madre nos fue mentalizando que lo íbamos a tener difícil para sobrevivir y que tendríamos que afrontar muchos sacrificios, que vivía en compañía de otras dos mujeres con hijos menores y que estaríamos muy apretujados, ya que la casa era relativamente pequeña.
Tardamos poco tiempo en llegar, pues el reformatorio no distaba más de un kilómetro de la casa que nos condujo mi madre.
No tardé en darme cuenta que el paisaje que visualizaba mi vista era desagradable y degradante. La  vivienda que íbamos a vivir solo tenía el nombre de casa, pues era una chabola mal construida en la ribera del río Turia con latones y cartón de piedra. Pero no estaba sola, abundaban cientos de ellas en ambas márgenes del río. El hedor era desagradable al hacer los que vivían sus necesidades fisiológicas en cualquier sitio, los niños jugaban en la orilla del rio semidesnudos, igualmente las personas mayores vestían andrajosamente y en sus caras se podía apreciar tristeza, hambre y falta de higiene.
También vivía gente debajo del puente Campanár, pero aún así, preferí vivir en aquel lugar a la cárcel que deje atrás.
Al llegar a la casa vi dos mujeres que nos estaban esperando en la puerta. Una de ellas era la dueña y mi impresión fue que no le hizo mucha gracia nuestra llegada, en parte tenía razón, ya que la casa no mediría más de 40m2 y tendríamos que convivir tres personas mayores y siete niños. La dueña se llamaba Elena y estaba viuda, con dos hijas menores a su cargo, “Elena y Mariana”. La otra mujer era su hermana y la apodaban “la superiora”. Era también viuda y tenía una niña llamada Presentación. Allí vivimos un corto período de tiempo, todos hacinados.
Pronto hubo un poco más de espacio, pues la presión que ejercía la dueña a mi madre de que la casa era muy pequeña y no podían vivir tantas personas” se vio obligada a tener que buscar trabajo a mis dos hermanas mayores.
El único trabajo que podían realizar a su corta edad era de empleadas de hogar.
En aquella época, las mujeres que se veían forzadas a trabajar de empleadas de hogar sufrían frecuentes humillaciones por sus señoras. Con unos salarios miserables, que no le llegaban ni para vestir.
Las obligaban a comer en la cocina para diferenciarse de los señores, y a pesar de su forma de actuar, iban los domingo y días festivos a misa para cumplir con sus deberes religiosos y confesar sus pecados para asegurarse un lugar en el Reino de los Cielos. Ejercían “el a Dios rogando y con el mazo dando”.
Aunque ya no vivían con nosotros dos de mis hermanas, aún seguíamos siendo muchas personas para el espacio que tenía la chabola. Durante la noche dormían los niños y de  día lo hacían las madres, ya que el trabajo que realizaban para sobrevivir lo hacían de noche.
Empujadas por falta de medios de subsistencia, substraían comida del campo durante la noche, lo introducían en sacos y lo transportaban en sus espaldas, a veces tenían que desplazarse con aquel sobrepeso más de cuatro kilómetros, pues era el único medio disponible si querían evitar que murieran de hambre sus hijos.

3 comentarios:

  1. La explotación es lo peor a lo que las personas podemos enfrentarnos en nuestras vidas. Lo lamento mucho.

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  2. Josan,por lo menos ya saliste de la carcel,que no entiendo el porque niños en prisión,de todas las especies que habitan el universo desgraciadamente los humanos somos los más despiadados,los poderosos se adueñan de los más necesitados, y pasan a ser herramientas esclavos de su poder,es muy triste,que pocos nos queremos,sigo sufriendo junto a ti y tu familia un abrazo
    floria

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  3. lamento mucho, los malos años vividos de tu infancia , presentas a una Valencia , desconocida para mi. la miseria y las malas personas existen por desgracia en todo el mundo. los derechos de los patronos eran humillar a los debiles. pero eran caritativos, repartian limosnas los domingos. pero maltrataban de lunes a sabados .b7

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