lunes, 6 de septiembre de 2010

Capitulo XIV. La disciplina en los colegios en 1947


Aconteció que el señor Valentín investigó nuestro paradero para  intentar convencer a mi madre que no dejara de estudiar porque tenía mucha capacidad para el aprendizaje, sus consejos surtieron efecto y  me apuntó a un colegio.
Por desgracia para mi educación mi estancia fue breve por el miedo que le llegue a tener al maestro, pues en aquella época la disciplina era demasiado estricta y aplicaban unos castigos difíciles de asimilar en la actualidad. En lo que respecta a mí lo que más odiaba era cuando me castigaban de rodillas con los brazos en cruz, esta postura me producía en los brazos mucho dolor y daba lugar a que no pudiera aguantar más de cinco minutos sin volver los brazos a su posición habitual, entonces el castigo era doble, el profesor me ordenaba que juntara los dedos de la mano para golpearlos con una tablilla que llamaba la palmeta. Aquel juguete de castigo lo tenían siempre al alcance  de la mano los maestros, y cuando lo aplicaban producía un dolor en los dedos que duraba casi todo el día.
Aquellos severos castigos en la escuela, mas el trauma que me ocasionó el reformatorio influyó en gran medida en desinterés por el estudio, hasta el extremo de mi inasistencia al colegio, dedicando las horas lectivas en dar vueltas por las calles de Valencia con la cartera en la mano y sin rumbo determinado. Calculaba la hora que terminaba la clase y regresaba a casa, si mi madre me preguntaba que cómo me habían ido los estudios, salía del paso mintiendo que muy bien.
Uno de aquellos días que hacia novillos, de casualidad me encontré con mi hermana Mª Dolores y me di un susto de muerte, pues era la hora que se suponía que debía de estar en el colegio y no podía justificar lo que hacía en la calle en las horas lectivas. Después de echarme una reprimenda me cogió de un brazo para llevarme al colegio. Durante el trayecto fui llorando por mi temor al maestro al decirme que le contaría mi fechoría.
Cuando lleguemos fue mi hermana la que pulsó el timbre para que abrieran la puerta, y de inmediato hizo acto de presencia el profesor invitándome que entrara mientras se quedaba hablando con mi hermana.
 Al entrar de nuevo el profesor a clase se dirigió a la fila de mesas donde estaba sentado, y señalando con el dedo balbuceo en voz alta:
Tú… Sal de la mesa y ponte de rodillas con los brazos en cruz.
Dándome por aludido me levante del asiento para cumplir uno de los castigos que más odiaba, pues estaba casi convencido que mi hermana había cumplió la promesa, pero mi alivio fue grande cuando le oí decir.
Tú no… Aquél.
Me equivoqué al pensar que mi hermana contaría la verdad de mi ausencia al profesor, ella prefirió mentir para evitar que le aplicaran un castigo a su hermano.
Mi madre y la superiora forzadas por la grave situación de supervivencia continuaron con el trabajo que podían realizar en aquel tiempo de miseria, substraían alimentos en los huertos de noche para evitar la excesiva vigilancia de los guardas rurales. No quiero pensar lo que sufriría mi madre y otras mujeres cuando transportaban en sus espaldas aquellos sacos tan pesados a varios kilómetros hasta llegar a sus casas. Con frío, o calor, y a veces lloviendo, con el agravante de que si tenían la mala suerte de ser descubiertas por los guardias les pegaban palizas y las encerraban en los calabozos. Imagine el lector tres niños pequeños durmiendo en una chabola sin luz horrorizados de miedo.  
Si al día siguiente cuando despertábamos no habían regresado intentábamos buscarlas en los calabozos de aquellos pueblos hasta dar con ellas, casi siempre bien marcadas por las porras de los guardias. Su único delito no permitir que sus hijos murieran de hambre.
Una noche que mi madre huía perseguida por los guardias se formó una tormenta y perdió el sentido de orientación para regresar a casa, con tan mala fortuna que se cayó al suelo y se rompió la clavícula. Con mil penurias logro llegar a la chabola, pero como no disponía de recursos para ir al médico el hueso soldó en falso y dio lugar a resentirse de la lesión toda su vida.


Palmeta de castigo escolar





4 comentarios:

  1. Saliste del reformatorio cuando yo tenia 5 anios.

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  2. Josan,sin comentario,ya es demasiado sufrir,te felicito por tu fortaleza física mental e espiritual, cuando comentas en la introducción que no dejó resentimiento en tu memoria este peregrinar.
    un abrazo
    floria

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  3. el lema de los maestros de esa eposa y de epocas posteriores era "la letra con sangre entra·, no creo que los castigos fisicos , traigan sabiduria a las mentes o a los cuerpos , de las personas.

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