lunes, 6 de septiembre de 2010

Capitulo XXI. El tío Pedro, año 1949


Una vez más el destino me impidió el disfrute de mi madre, uno de aquellos días que regresaba a casa de la pequeña finca que nos toco en herencia por parte de mi abuelo vi en la puerta una mula, (medio de trasporte para desplazarse la gente en la comarca). El corazón se me aceleró y pensé que el dueño de aquel animal posiblemente venía en mi busca.
No me equivoqué, apenas había puesto los pies dentro de casa cuando mi madre me dijo, José Antonio prepara el hatillo que este Señor. viene a por ti para que pactes su rebaño de ovejas.
Mi malestar delataba mi desagrado por aquella visita inesperada, pero se anteponía la voluntad de mi madre, de momento iría a trabajar y después que decidiera el destino.
No habiendo otra alternativa acepte sin más preámbulos.
No obstante, aquel hombre se dio cuenta de mi malestar e intervino para decir, que si trabajaba con él estaría muy bien, que en su finca abundaban muchas higueras y podía comer los higos que quisiera.
El pacto de mis honorarios fue, trabajo por la comida y treinta pesetas mensuales.
Nos pusimos en marcha hacia su casa. Él, montado en la mula y yo andando para no perder la costumbre. No obstante, a mitad de camino se percató de mi cansancio y creyendo que me hacia un favor dijo:
Zagal, cógete a la cola de la mula para que el camino no se haga pesado.
Además del frio intenso que hacia llegamos a media noche, supongo que tardaríamos unas dos horas en el trayecto.
La primera impresión que tuve sobre aquella familia no fue de mi agrado, y en poco me equivoqué, la cena fue más bien escasa y no quedé satisfecho. En cuanto a mi dormitorio y como de costumbre fue el pajar, (lugar donde se almacena la paja para las caballerías). Me dieron dos mantas viejas de las que se utilizaban para aparejar las burras ¡y, apáñate! Así, que una la utilice de colchón encima de la paja y la otra para taparme. El inconveniente de aquellas mantas era el mal olor que desprendían al estar impregnadas de las rozaduras de los animales.
De otra parte, existía discriminación hacia los muleros y pastores y eran tratados como seres inferiores, aunque también es verdad que no se puede generalizar y algunos les daban buen trato.
La ética y mi educación impiden dejar constancia en mis memorias de aquel Señor, por lo tanto solo diré su nombre “Pedro” permítame el lector que lo escriba entre comillas, pues nunca podre olvidar el maltrato recibido por su parte.
En aquel tiempo tenía doce años y me obligaba a levantarme de madrugada para picar esparto.
El esparto es una planta con cuyas hojas se hacen sogas, cestos y otras aplicaciones, pero antes había que ablandarlo a golpes de maza para manipularlo, un trabajo duro y inadecuado para un niño como era mi caso.
Poco después de la salida del sol comíamos las migas, que por cierto eran bien escasas, y a continuación llevaba el rebaño a pastar al campo, como no regresaba hasta bien entrada la tarde me daban la merienda para que la llevara.
La merienda se componía de dos puñados de higos secos y nada más. Si tenía la suerte que me los daba su hijo los podía comer sin problema, al contrario, si me los entregaba la madre, eran los que asignaban para engordar los cerdos, es decir, los maduros que se caían del árbol al suelo y se recogían para secar.
El inconveniente para consumirlos era que se habían incrustado piedrecillas y era difícil comerlos, de todas formas como pasaba hambre por ser las migas escasas, no tardaba en dar buena cuenta de ellos aunque tuviera que tragar alguna piedrecilla. A la hora de merendar no tenía nada que llevar a la boca por haberlos comido antes, por lo que hasta la cena que también sabía a poco había que aguantar.
En la temporada de verano no tenía problemas para alimentarme, pues al abundar las higueras en la finca los higos frescos estaban a mi alcance.
Un día del frio invierno el hambre se me hacía insoportable y no paraba de pensar cómo solucionar mi problema, al final se me ocurrió una idea, si los cabritillos estaban gordos mamando de su madre ¿por qué no hacer yo lo mismo?
A partir de aquel momento introducía la teta de la cabra en mi boca y chupaba como ellos, desde aquel mismo día compartimos la leche como buenos hermanos y de aquella forma solucione en parte mi necesidad de comida.
Del frío tampoco conseguía librarme, mi vestuario se componía de unos pantalones remendados, camisa y jersey, de calzado utilizaba albarcas, (actualmente alpargatas o zapatillas) fabricadas con restos de neumáticos de camiones cuando se cambian por el  desgaste.
Aquel calzado en invierno era frío, y mucho más al no disponer de calcetines como era mi caso, estas carencias de abrigo daban lugar a que surgieran sabañones en los pies.
Las orejas tampoco se libraban al no disponer de una bufanda para resguardarme del frio y se caía la piel a pedazos.
Tampoco olvido el miedo horroroso que sufrí en aquella casa, en temporada de verano el rebaño no se encerraba en los corrales para aprovechar al máximo la luz solar y que las ovejas no dejaran de pastar. Por lo tanto, todas las noches tenía que dormir en el campo con ellas hasta que se hacía de día que se dispersaban en busca de la ansiada comida.
Arto de sufrimiento me propuse no aguantar más el trato que me daba y le dije que me quería despedir del trabajo, pero se opuso mintiendo que la casa de mi madre se había caído por exceso de nieve en el tejado y mi madre se había marchado a Valencia a ver a mi hermana María Dolores: su noticia logro que desistiera de mi propósito, ya lo decía tan en serio que llegué a creérmelo, pues se daba la circunstancia que aquel año había nevado mucho y mi casa era vieja. El viaje de mi madre a Valencia también podía ser posible que hubiera ido a ver a mi hermana, motivo por el que decidí que tendría que seguir pactando su rebaño al menos hasta que regresara mi madre.
Pasado un corto periodo de tiempo calcule el regreso de mi madre, y uno de los días que saque el rebaño a pastar abandone las ovejas para emprender el camino hacia mi casa. Ni siquiera esperé para cobrar el mísero salario que me pagaba, pero lo peor de mi proceder vino cuando llegue a casa, abandonar el rebaño a su libre albedrío no se podía hacer, por lo tanto, la reprimenda de mi madre y el tío Bernardo fue tremenda. Menos mal que como siempre salió en mi defensa mi prima Otilia consiguiendo que mi madre se suavizara al enterarse de los malos tratos recibidos.
No recuerdo bien el tiempo que estuvo mi hermana M,ª Dolores en el sanatorio de Valencia, pero si qué recuerdo que cuando le dieron el alta se fue a vivir con mi madre, para reponerse, una vez que recupero fuerza, se puso a trabajar cerca de Isabel y Rosa en Vélez-Rubio.
Por mi parte, seguí pastoreando rebaños de ovejas, único trabajo que podía realizar a mi corta edad, unas veces con unos y otras con otros, porque como se suele decir tenía el culo de mal asiento y no aguantaba mucho tiempo con el mismo amo.

Parcela de tierra heredada del abuelo en la actualidad yerma, Los Velez 
















4 comentarios:

  1. Trato de imaginar cómo será dejar nuestra familia tan querida para irse con gente extraña. Yo me hubiera muerto.

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  2. Dura tu vida y como siempre el menosprecio hacia los pobres, pero por nosotros vino a morir Jesucristo, quiero que sepas que no solo tu sufriste malos tratos y aguantaste hambre.

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  3. josan,perdón, tu madre no intuia tu adoración hacia ella,que no soprtabas estar apartado de su vida'? 1ero como hija y después como madre sufro ese realidad tan cruda,¿será que tanto sufrimiento endurece los sentimientos'?bueno cada uno sabe los motivos de sus reaciones,deseo llegue el momento que cese la explotación de menores,apenas habias pasado los 10 años y ya viene de años de trabajos forzados,quiero leerte haciendo una vida de niño,
    un abrazo
    floria

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  4. José he leído hasta aquí toda tu historia y la verdad no sé que decir, estoy conmovida por todo lo leído, sin duda que te tocó vivir tiempos muy duros, pero el tener un espíritu fuerte te hizo sobrevivir. Sigo leyendote. Muchos besos.

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