lunes, 6 de septiembre de 2010

Capitulo XXII. Mi obsesión por las armas de fuego


Otro de los amos que tuve fue Vicente el molinero, este  vivía en la rambla de Los Pardos, no lejos de mi casa, creo que unos seis kilómetros. El salario pactado con mi madre por mis servicios fue trabajo por la comida y cincuenta pesetas mensuales.
Además, de pastar su rebaño, en mi tiempo libre cuando se encerraban las ovejas en los corrales, mi misión era picar esparto igual que cuando trabajaba con el tío Pedro.
Sincerándome conmigo mismo creo que las cincuenta pesetas que cobraba las tenía bien merecidas. Para no perder la costumbre seguí durmiendo en el pajar, pero por lo menos no pasaba hambre.
Una tarde que pastoreaba el rebaño, vi a un pastor colindante a la finca de mi amo que poseía un viejo revólver.
Dada mi afición a las películas del oeste cuando iba al cine en Valencia, instintivamente pensé en hacerme con aquella arma ¡Por fin podría satisfacer mi capricho imitando a los cowboy!
Entablemos conversación, y no disponiendo de dinero le dije que si la quería vender, en principio no demostró ningún interés en deshacerse del arma, pero tanto insistí que terminó cediendo.
Lo que no estaba a mi alcance eran cincuenta pesetas que me pidió, mismo dinero que me pagaba mi amo al mes, y que por cierto cobraba mi madre por ser menor de edad. Por lo tanto, sabía de antemano que mi madre no consentiría aquel capricho mío, no obstante utilizaría la astucia que aprendí de la vida para hacerme con el arma, que de astucia tenía mucha por haber madurado antes de tiempo.
Aquel pastor, como muchos de aquel entorno, era aficionado a la caza de la perdiz con reclamo, para llevarlo a cabo se trasladaba al campo antes de amanecer y situaba la jaula con la perdiz a unos cuantos metros de distancia, después se camuflaba detrás de un parapeto con la escopeta preparada, y pacientemente esperaba que empezara a cantar el macho para que acudieran las hembras en celo aparearse, y cuando calculaba que las tenía a tiro de escopeta disparaba matando las que podía.
Aquella idea que surgió en mi cabeza era descabellada, a falta de dinero le propuse el cambio de una perdiz por el revólver, mi oferta era tentadora, pues en aquella época si era buena para el reclamo se valoraba con mucho dinero, me preguntó si cantaba y conteste afirmativamente, pero en realidad no sabía nada, solo pensaba en hacerme con el revólver aunque tuviera que mentir para conseguir lo que me propuse. Aceptó, pero con la condición de que si no era buena tendríamos que deshacer el cambio.
El problema residía en que no tenía ninguna perdiz, sino que le estaba vendiendo una de mi tío Bernardo. De mutuo acuerdo quedó pactando ambos rebaños mientras que iba a casa para sustraer la perdiz.
Mi casa estaba cerrada, mi madre y el tío Bernardo trabajando fuera, y la jaula colgada en la pared exterior de la casa, así que no hubo problema para llevarla, introduje la perdiz en morral que utilizaba para la merienda, y deposite la jaula en el suelo con la portezuela abierta para simular su huida.
Regrese a toda prisa e hicimos el cambio, por una vez me sentí satisfecho al  conseguir lo que más me ilusionaba, un revólver para disparar como los pistoleros, a falta de balas introducía  pólvora en el cañón presionándola con una varilla de hierro y añadiendo pequeños tacos de cartón y escoria de hierro, de cebo utilizaba una cabeza de cerilla.
Como Vicente era cazador y tenía cartuchos en abundancia, le sustraía algunos para disponer de la pólvora necesaria, y cuando sacaba el rebaño a pastar mi pasatiempo era pegar tiros. Mi suerte fue que Vicente no descubrió el revólver, prefiero no pensar lo que habría sucedido.
Al mes siguiente el pastor me comunicó que teníamos que deshacer el cambio porque la perdiz no valía para el reclamo. Me quedé sin revólver, pero vendí la perdiz en diez pesetas.
Al llegar el día asignado para ir a cambiarme de ropa, pude enterarme por mi madre, que mi tío Bernardo y mi tío Mariano habían discutido y poco faltó para agredirse, ya que cuando el tío Bernardo vio la sustracción no dudó en culpar del hurto a los hijos de Mariano, qué por cierto en aquella comarca tenían muy mala fama, pero como dice el refrán, unos tienen la fama y otros cardan la lana,  en este caso mi tío se equivocaba.



1 comentario:

  1. josan,que mal te sigue tatando la vida,siguen explotandote y más sufrir hambre y frio, ni me cuentes de los sabañones yo los sufri de niña,en las manos,siento tu sufrimiento fisico pero más el abandono y falta de cariño, tan pequeño pero que inteligencia para sobrevivir,aca en mi Pais se le llama "viviza criolla" buscaste la manera de alimentarte,y ya vez cuando se dice "amo más a los animales que las personas" que noble las cabritas compartian su alimento. Gracias a DIOS,una vez más te revelaste, regresando a lo que te mantania con esperanza tu MAMÁ ,que por más que se enojara y te regañara el amor sana todo,
    un abrazo
    floria

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