lunes, 6 de septiembre de 2010

Capitulo XXIV. Acusados del robo de un reloj.

   

Recuerdo un sábado de mercado en Vélez-Rubio que mi tío decidió ir de compras, mismo día que teníamos que regresar a nuestro puesto de trabajo, por lo que decidimos viajar juntos hasta Vélez-Rubio por cogernos de paso, mi tío empleo la burra y nosotros las bicicletas.
Llegamos al pueblo y nos dirigimos directamente a la casa de la tía de mi primo para almorzar antes de subir al autobús que nos llevaría hasta Puerto Lumbreras, mientras almorzábamos mi tío hermana salieron de compras y nos dejaron en casa solos.
Recién terminemos de almorzar cerramos la puerta para dar una vuelta por el mercado del pueblo, y a nuestro regreso nuestro asombro no tuvo límite cuando vimos llorar a la tía de mi primo desconsoladamente, mientras que mi tío nos miraba fríamente con cara de pocos amigos, preguntamos a la mujer el porqué de su llanto y vocifero en voz alta con intención de agredirnos:
Bien sabéis vosotros por lo que lloro ladrones o, devolvéis el reloj o voy a denunciaros a la guardia civil.
Mi sorpresa era grande ante la furia y acoso de aquella mujer, nos estaba acusando del robo de un reloj cuando quedemos solos en casa, según palabras textuales de aquella mujer no tenía gran valor, pero era un recuerdo de su esposo fallecido y por encima de todo tenía que aparecer.
No me cavia duda que para ella éramos los ladrones, los dos nos miramos a los ojos con recelo creyendo ver al ladrón en el otro, como sabía que no había sido recayó mi sospecha en mi primo pensando que había hecho alguna de las suyas.
Aquella mujer seguía llorando furiosa ante nosotros, pero mi tío no se quedaba atrás, y en un plan amenazante se dirigió a nosotros para decir.
Dar una vuelta por el pueblo para recapacitar, os doy una hora para devolverlo,  de lo contrario juro que romperé mi correa en vuestras costillas además de denunciaros  a la guardia civil.
De inmediato obedecimos a mi tío, apenas habíamos puesto los pies en la calle cuando me encaré con él para que devolviera el reloj al estar convencido que era el ladrón. Por su parte insistió llorando que no lo había sustraído jurándolo por su madre fallecida.
Ante el temor que se cumpliera la amenaza por parte de su padre, tomó la decisión de huir inmediatamente, no sin antes preguntar si le quería acompañar. Los castigos que solían aplicar algunos padres a los hijos en aquella época eran físicos y eran en el acto.
El problema para la huida residía en las bicicletas que habíamos dejado en casa de la tía de mi primo y que había que devolver al día siguiente.
Con tan solo la ropa puesta y casi sin dinero dejemos las bicicletas en Vélez-Rubio y emprendimos la huida andando por carretera hasta la localidad de Puerto Lumbreras, unos 38 km del lugar de trabajo.
Durante el viaje por carretera cada vez que se acercaba un coche nos camuflábamos en el alcantarillado ante el temor de haberse llevado a cabo la denuncia y viniera la Guardia Civil a detenernos.
Apenas empezaban a dar los primeros rayos de sol llegamos a la casa que prestábamos servicios. Golpeamos la puerta y abrió la señora del amo que casi siempre estaba en camada por embarazo, desde la misma habitación nos ordenó que almorzáramos y que ocupáramos nuestros puestos de trabajo, que su esposo más madrugador se había adelantado y se encontraba ejercitando las labores del campo.
La ausencia de su esposo nos vino a la medida para llevar a cabo lo que habíamos planeado durante el largo viaje, y nos apropiamos de un pan de varios kilos de los que se hacían en aquellas casas de campo, medio jamón, un queso y tres tripas de embutidos, salimos a toda prisa deseando distanciarnos lo más rápido posible de aquel lugar. Así que aquella mujer se quedó con su rebaño en los corrales y sin los alimentos que le sustrajimos. Desde mis años vividos soy consciente que obremos mal, pero el miedo que nos atenazaba nos empujaba a seguir huyendo para evitar que nos detuvieran.
Andando y con idea de utilizar el tren para huir, dirigimos nuestros pasos a la localidad de Almendricos, estación de ferrocarril más cercana del lugar que prestábamos los servicios, supongo que unos doce km.
Al llegar a la estación de ferrocarril almorcemos de los alimentos sustraído y decidimos sacar dos pasajes al azar en el primer tren que llegara, pues la dirección de destino era lo que menos importaba en aquel momento.
Preguntemos por el próximo tren que pasaba y nos dieron por respuesta dirección a Granada. El dinero disponible solo nos alcanzaba hasta Albox, como para nosotros era la única opción posible subimos al tren y nos dirigimos a ese pueblo de Almería, no sin antes escribir al dueño de las bicicletas comunicándole donde podía recogerlas.
En Albox terminó nuestro viaje por ferrocarril y seguimos nuestro camino andando hasta Cantoría. En este pueblo descansamos y pasamos la noche rendidos y con los pies doloridos. En cuanto a dormir, sin un céntimo disponible no nos quedó otra alternativa que tener de techo el cielo y de cama el suelo.
Lo positivo de la desventura, que nos libremos de pasar frío al ser estación de verano. Tampoco nos quedamos sin cenar gracias a los suministros que sustrajimos a nuestro antiguo Amo.
Nos estaban dando en nuestra espalda los primeros rayos de sol cuando despertemos por el excesivo calor, almorcemos un poco y de nuevo emprendimos un nuevo camino que nos condujo a la localidad de Oria, e hicimos otro pequeño descanso para acabar los últimos alimentos que nos quedaban y reponer fuerzas para continuar.
Pero aparte de la fiebre que empecé a padecer, iba tan cansado y dolorido que se me hacía difícil continuar por las ampollas que habían aflorado en mis pies. Incapaz de dar un paso más, me senté llorando a la sombra de un gran árbol, y aunque mi primo me animaba para continuar, me sentía sin fuerza y me negué a seguirle, pues ambos había una diferencia de edad de cuatro años, tenía diecisiete y yo trece.
Cuando daba por hecho en mi delirio que el desamino me había vencido, ocurrió lo que creí ver un milagro. Un hombre bajaba por un polvoriento camino montando un caballo y un mulo de vacío atado a su grupa. Al pasar a nuestra altura, se paró en seco para preguntar hacia donde nos dirigíamos, que iba en busca de segadores al pueblo que acabábamos de dejar. Sin dejarle terminar la frase, mi primo le interrumpió para decir que su destino también era el nuestro y que nos poníamos a su servicio.
Aquel hombre se lamentó de cómo se encontraban mis pobres pies y preguntó cómo habíamos llegado al extremo tan lamentable, contestando mi primo que la causa era de tanto andar para buscar empleo.
El trabajo que ofrecía era para segar trigo con manutención, quince pesetas cada día para mi primo y diez para mí por razones de rendimiento al ser más pequeño.
Aceptamos sin dudarlo y le seguimos montados en el mulo que iba de vacío para llevar a los segadores que buscaba cuando nos vio.
La finca era muy grande y los campos de trigo parecían no tener fin, siendo la jornada laboral de sol a sol.
En aquel tiempo no existían las máquinas de segar y había que hacerlo manual a pesar del calor abrumador, no obstante, aquel hombre se portó bien conmigo al no permitir que segara hasta que mejoraron mis pies.
De la comida no podíamos quejarnos, era buena y abundante, pero la siega a mi corta edad  era demasiado dura.
A los quince días de siega me encontraba exhausto e incapaz de seguir un día más le dije a mi primo que quería volver a casa al no tener que temer a mi madre, pues sabía que era incapaz de pegar a sus hijos.
Lo de mi primo era otra historia, él le tenía mucho temor a su padre y quería evitar el encuentro, aparte creía que continuaba buscándonos la justicia por el robo del reloj.
En cuanto a mí, no lo dude mas y pedí la cuenta al dueño de aquella finca, este respetó mi decisión y me pagó lo que me correspondía.
Una vez más emprendí el camino de retorno andando y tarde todo un día en llegar, pero para mí no fue problema, estaba acostumbrado a realizar largos recorridos a pie.
Tengo que reconocer que cuando divisé mi casa empecé a sudar y me temblaban las piernas, y no por temor a mí madre, sino, a la justicia.
Afortunadamente mi temor quedó solventado al oír de boca de mi madre que habían detenido al verdadero ladrón.
Sobre aquella etapa drástica que viví en mi niñez, me gustaría comentar, que como humano he de perdonar, y de hecho perdono al causante de mi desgracia, pero que nadie me pida que olvide, porque eso es imposible.
La falta de perdón es como si tomáramos a diario un veneno a gotas, al final nos acabara matando, el perdón no significa que estemos de acuerdo con el mal infligido, ni que lo aprobemos,  pues no olvidemos que alguna vez también podríamos necesitar el perdón de los demás, por lo que hicimos mal.
Después de dejar a mi primo y no teniendo que temer, ya que el caso del reloj estaba cerrado, estuve dos meses en casa en compañía de mi madre, mi tío Bernardo y Otilia.

 
De izquierda a derecha mis primas María y Otilia


1 comentario:

  1. Josan,si debe de ser algo inexplecable la sensación que se debe sentir de pensar muerto un ser amado y de pronto verlo frente a uno,imagino que en esos tiempos posguerra sería común.Me alegras,vas cortando el cordón, con tu mamá,me parece genial,señal que vas madurando,a aprediendo la picardía para desafiar los abatares de esta vida, vamos mejorando
    un abrazo
    floria

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