lunes, 6 de septiembre de 2010

Capitulo XXX. A Barcelona. 1961


Sin apenas equipaje para llevar subimos al tren con dirección a Barcelona. Una vez que llegamos nos dirigimos directamente a Rubí, localidad en la que reside mi hermana Isabel.
Tanto mi hermana como mi cuñado nos recibieron con los brazos abiertos para ayudarnos en lo que pudieran.
 Al día siguiente mi cuñado me encontró trabajo y ofreció su casa para quedarnos a vivir hasta que encontráramos vivienda.
Desde el paso de los años pienso el esfuerzo que tuvieron que hacer para acomodarnos los dos matrimonios en una casa relativamente pequeña. Sin duda siempre les estaré agradecido.
Como la casa tenía escaso espacio pensé que debíamos de buscar lo antes posible vivienda, mi hermana y cuñado habían hecho por nosotros lo que habían podido dentro de sus posibilidades, tendríamos que ser nosotros mismos los que debíamos solucionar nuestro problema.
Por mediación de un tío de mi esposa que vivía en la localidad de Ripollet, encontremos una habitación con derecho a utilizar la cocina. También encontré un trabajo en la construcción por lo que nos trasladamos a dicha localidad.
Del matrimonio que nos realquiló la habitación, permítame el lector que omita sus nombres, ya que de aquellos señores no puedo relatar nada bueno. Mientras ellos pagaban de alquiler por toda la casa quinientas pesetas, nosotros teníamos que pagar trescientas por una habitación pequeña, pero esto no era todo, esta señora abusó de la buena fe de mi esposa haciéndola trabajar para ella como si fuera su criada, y fue a mas, nos sustraía una parte de la comida que comprábamos, llegando hasta el extremo de robarnos la cartera con el dinero que había cobrado, único disponible para alimentarnos  aquella semana.
Ni siquiera tuvo la delicadeza de devolverme el DNI, causándome graves problemas para volverlo a solicitar por no acordarme del número, pues según la policía no constaba en los archivos del Ministerio del interior que tuviera documento nacional de identidad, por lo tanto, me aconsejaron que lo solicitar de nuevo como la primera vez.
Nuestra intimidad en la habitación era nula. Aquella mujer carecía de ética y de moral, llegando al extremo de llevarse alimentos de la tienda en  nuestro nombre.
Quien lo pasaba peor era mi esposa, ya que yo me iba a trabajar, y menos domingos y días festivos estaba casi siempre ausente.
Si la convivencia con aquella señora era mala, en el trabajo no me iba mejor, tenía que  trabajar de sol a sol para cobrar la miserable cantidad de quinientas pesetas semanales y  servir a dos albañiles al mismo tiempo.
Aquella condición de trabajo me causaba gran cansancio, ya que aquellos albañiles trabajaban por cuenta propia y no disponían de las herramientas adecuadas, por lo tanto, había que hacerlo todo manual.
Tampoco tenía protección de la Seguridad Social. Por lo tanto, si llovía y el trabajo era a la intemperie me mandaban a casa sin cobrar ese día.
Al poco tiempo mi esposa sufrió un aborto, con el agravante que  aquella semana no paró de llover y no pude trabajar. Avisamos a un médico sin saber con qué dinero íbamos a pagar, mi esposa estaba grave y no había otra opción. El dinero lo buscaríamos suponiendo que alguien de la familia nos lo prestara. No obstante, el doctor se portó bien con nosotros, y sin saber si iba a cobrar no dejó ni un solo día de visitar a mi esposa.
Durante una semana entera no dejo de llover, desesperado ante mí grave situación por no disponer de medios para sobrevivir me dedique cada día a buscar trabajo, mi deseo era disponer de un trabajo que aunque lloviera no dejara de cobrar el dinero que tanta falta nos hacía y tener protección de la Seguridad social en caso de enfermedad.
Después de recibir el no en varias empresas pasé por una calle que había una fábrica de baldosas.
Entré para pedir trabajo y por casualidad del destino me atendió el mismo dueño, le conté la situación caótica por la que pasaba por falta de trabajo y me preguntó:
-¿Cuándo te interesa incorporarte?
Sin dejar que terminara la frase dije:
Mañana mismo señor, para mi sorpresa dijo que podía empezar aquella misma tarde a las dos, rápidamente contesté, - Aquí estaré, puntual.
Las condiciones laborales fueron, quinientas pesetas a la semana y seis pesetas cada hora extra. Aunque lo más importante fue, que a partir de aquel día nunca me falto la protección de la Seguridad Social.
Satisfecho y contento me fui a casa a darle la buena noticia a mi esposa.
Trabajando para Navinés, que era como se llamaba la empresa, nuestra economía mejoró notablemente, el salario llegaba para pasar la semana y evitar apuntar la compra en la tienda.
Como la convivencia con la dueña de la casa se hacía cada vez más difícil debido a su comportamiento con mi esposa empezamos a buscar otra vivienda.
En aquel tiempo buscar vivienda era como buscar una aguja en un pajar por la afluencia de personas del resto de España a Cataluña, lo único que encontré fue una pequeña habitación que no reunía las condiciones de habitabilidad. Supongo que mediría 14m2 en aquel espacio tan reducido se distribuía el dormitorio, cocina y comedor, el aseo, era comunitario y había que compartirlo entre varios vecinos.
A pesar de los inconvenientes, para nosotros fue una gran mejora, al menos teníamos intimidad y no nos robaba nadie.

 


 

1 comentario:

  1. josan,intimidad es lo que necesita una pareja desde sus comienzo a peasar de ser tiempos dificiles siempre estuvo presente el amor que se juraron, y el deseo de formar esa hermosa familia que detallas al cominenzo en la intrducción.Si tu vida fue sacrificada de de tu esposa creo que no fue menos, las mujeres siempre llevamos la peor parte,con solo el hecho de procrear,y mas en condiciones nada favorable,en este caso dió con un hombre como tu maravilloso,ahora entiendo el porque de la emigración Española hacia nuestra Patria,cambiaban sacrificio conocido por otro para conocer,pero con esperanzas,gracias a DIOS,ya llegaron a encontrar la intimidad que se merecen,muy triste JOSAN,PERO TE SIGO LLEYENDO LOS QUIERO LEER FELICES.
    UN ABRAZO
    FLORIA

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