lunes, 6 de septiembre de 2010

Capitulo XLII. Mi hijo Jorge



Mi hijo Jorge empezó a sufrir una depresión que no exteriorizaba, y aunque se encontraba enfermo nunca le faltaba su bonita sonrisa. Para paliar la enfermedad el psiquiatra le recetó Trankimazin, que nunca consiguió dejar haciéndose adicto y necesitando cada día más.
El tratamiento que le receto fue muy negativo para él y su empeoramiento fue progresando hasta llegar al desinterés por todo lo cotidiano.
Pero al fin creí ver una esperanza al conocer el amor de su vida. A partir de aquel momento empezó a tener una ilusión y ganas de vivir, evidentemente se había enamorado.
Por nuestra parte recibimos en casa a su novia como si fuera una hija más, de hecho vimos en ella una buena persona y nos conquistó a todos los componentes de la familia, nos creó ilusión y nos hizo pensar que lo mejor que le pasó en su vida fue conocer a su chica.
Llevaban cuatro años festejando cuando  su novia terminó la carrera de Derecho y todo iba viento en popa como se suele decir.
Su novia tenía una hermana que también había estudiado derecho y trabajaba en un bufete en otra región de España, influyendo para que fuera a trabajar en la misma empresa.
En principio se opuso para no distanciarse del novio e intentó buscar trabajo en Monzón, pero ante la imposibilidad de encontrarlo decidió marcharse con su hermana, no sin antes prometer a Jorge que buscaría vivienda para vivir los dos en pareja.
Cumplió su promesa, al cabo de un tiempo encontró un pequeño piso y se fueron a vivir juntos.
Empezaron vida nueva y Jorge encontró empleo aunque no de  su agrado, pues además del esfuerzo físico estaba expuesto a una temperatura excesiva al tratarse de una fundición. Además, de los inconvenientes descritos realizaba una cantidad de horas extras excesivas no bajando de trece cada día y a veces hasta sábados y domingos. En varias ocasiones aconsejé a mi hijo que no trabajara tanto por padecer de la columna, pero su respuesta siempre era la misma, que sus ingresos eran escasos y tenían que mueblar el piso.
Jorge y su novia venían a casa casi todas las semanas y lo percibía mejorado y con ganas de vivir. Mi tranquilidad era evidente, esta chica era su mejor medicina, fue como si hubiera ocurrido un milagro que le sacó del desinterés y le hizo entender que merece la pena vivir, amar y ser amado.
Un viernes se desplazó a Aragón con su coche la hermana de su novia y su esposo para celebrar un juicio como abogados, al día siguiente lo hizo Jorge con su novia en el tren, los recibimos con besos y abrazos y estuvieron todo el día en mi casa como si reinara la más completa armonía en la pareja.
Por la noche se fue a dormir con su novia al domicilio de sus padres para regresar al día siguiente domingo por la tarde a mi casa.
De mutuo acuerdo decidieron que Jorge se quedara a dormir en mi casa aquella noche para regresar al día siguiente en el tren, según su novia no cabían todos en el coche de su hermana.
Como si nada pasara se despidió y beso a mi hijo con un hasta mañana mi amor. 
Gran error por nuestra parte por confiar en aquella chica, al día siguiente, nueve de la mañana timbro el teléfono y se puso mi esposa, era ella que pedía que se pusiera Jorge al teléfono, las palabras que pudo oír fueron:
Jorge, no vengas a casa que lo nuestro ha terminado.
Y colgó sin dar más explicaciones. Yo mismo sin querer pude oír la respuesta de mi hijo:
Pero, qué dices mi amor…
No sé si pudo escuchar la última palabra de mi hijo, pero en un estado de nervios que no podía controlar me pidió que lo llevara en mi coche hasta la estación de autobuses de la localidad para desplazarse a su casa. Ni siquiera quiso esperar el tren, ente su intransigencia accedí, pero ya había marchado el autobús.
Regresó a casa en un estado de nervios que no podía controlar y pidió a mis hijos Juanjo y Raquel que lo llevaran con su coche a su casa.
Al llegar encontró la cerradura de la puerta cambiada con todas sus pertenecías dentro y se dirigió al bufete donde trabajaba para pedirle una explicación, llamó al telefonillo y contesto la hermana de su novia para decirle que su hermana no quería saber nada del, que estaba ingresada en una clínica con depresiones por su culpa y que ella misma bajaría para hablar. La oficina estaba situada en un edificio en la quinta planta y apenas tuvieron que esperar cinco minutos cuando hizo acto de presencia en compañía de su jefe. Juanjo y Raquel intentaron por todos los medios mediar en el problema, pero se mostraron muy contundentes y dijeron que no se podía obligar a nadie a vivir con una persona en contra de su voluntad, y que la dejara en paz  si no quería verse con muchos problemas, de lo contrario  lo denunciarían por maltratos psicológicos, que no olvidara que eran abogados.
La respuesta de mis hijos a estas coacciones fueron, que por muy abogados que fueran, no podían bloquear la puerta de su casa y dejar sus pertenecías dentro. Su respuesta fue que se las mandarían en breve a través de una agencia.
Juanjo y Raquel insistieron que denunciara, pero Jorge no deseaba denunciar a la persona que amaba y tenía esperanza de volver con ella. Como padre lo único que pude hacer en aquel momento trágico fue traerlo y adaptar una habitación para acomodarlo en mi casa.
A la semana siguiente recibimos sus pertenecías, ropa, documentos y un álbum de fotos, fue lo único que recuperó del esfuerzo de su trabajo, lo demás lo perdió todo, su ilusión esperanza y amor, pero él nunca dejó de amarla a pesar del daño sufrido.
Y consta que intentó en varias ocasiones ponerse en contacto con ella, aunque sus llamadas nunca obtuvieron respuesta.
A consecuencia del fracaso amoroso perdió hasta las ganas de vivir y la primera semana de su estancia en casa se negó a no ingerir alimento alguno a excepción de agua y café con leche. En lo que respecta a mí, no encontraba salida alguna a su problema y la dosis de medicación para la depresión iba en aumento.
Los días los pasaba entre la cama y la televisión, si salía los fines de semana era para desmadrarse bebiendo alcohol.
Un sábado de madrugada recibí una llamada del hospital comarcal de Huesca comunicándome que mi hijo se encontraba ingresado por intento de suicidio. Había injerido una caja de pastillas mezcladas con alcohol. En aquella ocasión pudieron salvarle la vida.
En una de las visitas que hicimos al hospital nos llevemos su ropa para lavarla, y al mirar los bolsillos para introducirla en la lavadora vimos una nota que escribió antes del intento de suicidio. Nos decía que había llegado a la determinación de quitarse la vida porque su vida sin su pareja no tenía sentido. Por su escrito saqué la conclusión, que al mismo tiempo que la amaba pasionalmente sentía rencor por  traición y decía así.
 A mi entierro no deseo que venga mi novia ni su familia.
El escrito terminaba así ¡¡¡Os quiero y espero que algún día sepáis perdonarme!!!
Yo nunca comente a mi hijo nada sobre el escrito tan amargo que descubrimos, pero sí  que le dije:
Jorge, si crees que significamos algo en tu vida y por el amor que te tenemos libéranos de este sufrimiento, perdimos a tu hermana y no te queremos perder a ti, creo que no lo soportaríamos.
Ante mí suplica contestó:
Tranquilo que no me quitaré la vida papá.
Pero su depresión iba cada día a más y aunque no la exteriorizaba sus padres sí que lo percibían en su cara, aunque para nosotros nunca le faltaba la sonrisa que nos cautivaba.
Nuestra tristeza iba en aumento, pues mi hijo casi no vivía en este mundo, si salía a la calle nuestro sufrimiento no tenía límite, cómo tranquilizarnos después de la experiencia que vivimos todos, no era de extrañar que llamaran del Hospital para avisarnos de que estaba ingresado.
Un fin de semana que mi hijo había salido timbro la puerta de mi casa un policía municipal para avisarnos de que intentaba suicidarse y que trataban por todos los medios hacerle desistir de lo que pretendía llevar a cabo, pero lo habían perdido y no conseguían dar con su paradero.
Muy nervioso empecé a buscarlo por el pueblo, pero al no encontrarlo desistí y regrese a casa casi convencido que de nuevo habría ingresado en el Hospital.
Esta vez me equivoqué. Encontraron a mi hijo muerto en la vía del tren. Al final había conseguido lo que en principio se propuso y puso fin a su vida dejándonos en la más completa desolación.
El día 26 de marzo del año 2002, dimos sepultura a mi hijo en el Cementerio de Monzón.
De nuevo estoy sin palabras para definir el dolor por la pérdida de otro hijo, mi desesperación es como si no me encontrara en este mundo, pues muchas veces   cuando me encuentro con amigos hablo con ellos e incluso sonrío, haciendo ver que vivo ese momento, pero mi mente está ausente, está en el recuerdo de mis hijos que se fueron para siempre, y mientras me quede un hilo de vida los tendré presentes en mi corazón, en mis recuerdos, en mis sueños, y en mis sentimientos.

 

2 comentarios:

  1. josan,si no hay palabras para tanto sufrimiento,solo acompañarte en silencio,sin escribir nada, no hay una palabra que pieda aliviar vuestro sufrimiento,y tu esposa imagino esa madre soportar otro tremendo dolor solo el amor que se han profesado a lo largo de la convivencia los ayudará a seguir junto al la familia
    un abrazo
    floria.

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  2. José no sé qué decirte, sigo leyendote sumamente conmovida, no he perdido nunca a un ser querido de mi familia nuclear, pero puedo imaginarme lo que puede significar. Me pregunto qué lecciones tan importantes vino tu alma a aprender en ésta vida material que tuviste que vivir todas éstas duras experiencias?

    Besos !!!

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